La duda

Valverde, tercero en la vuelta 2013
El otro día sucedió el Campeonato del Mundo de ciclismo, una prueba de un día que cada año se disputa en una ciudad. Normalmente de renombre. Al año que viene, en principio, Ponferrada. Esta prueba que pretende disputarle el honor de escoger al mejor ciclista del año al Tour de Francia (y no lo consigue, claro) es una clásica en el estricto significado de la palabra. Las clásicas son pruebas de un día disputadas sobre un kilometraje extraordinario y con recorridos que no destacan por la dureza de las montañas que se suben (más bien al contrario). Pues bien, en esas pruebas de un día, es donde uno puede disfrutar al máximo del ciclismo. En el tour no existe la duda: gana el más fuerte. En las clásicas, hay que tener mucha convicción para ganar, ser el más listo y acertar con el ataque en el momento adecuado. Una mala noche, un exceso de victorias anteriores y por tanto, de confianza, la falta de comida, un pinchazo, una caída… todo eso parece que convierte la victoria en puro azar. Nada más lejos de la realidad. 
Valverde, tercero en la Lieja-Bastoña-Lieja
En ese campeonato pasado, ocurrido el domingo en la bella Florencia, además, se da el hecho de que se disputa bajo selecciones. No hay equipos comerciales, aunque cada uno lleva el nombre del equipo en el culotte y cada año suele haber polémicas cuando ciertas selecciones se amparan en otras cuyo único vínculo es que algún corredor comparte equipo comercial. Bueno, pues el domingo pasado sucedió un hecho que pocas veces se suele dar: entre cuatro corredores que disputaron la carrera al final, había dos de la misma selección. Y el que ganó fue un tercero. Obviamente, eso no puede suceder, a no ser que haya una subida durísima y el otro demuestre ser el más fuerte. 
No fue el caso. Mientras por delante iba el ciclista que rompió la carrera, castigado ya por su esfuerzo, pero todavía lo suficientemente entero como para defender su renta con uñas y dientes, por detrás el compañero solo se debía ocupar de controlar a los otros dos, de ponerse a su rueda (mucho menos desgaste físico, aclaro para los no iniciados en las artes del ciclismo). Pero hete aquí que llega una curva, un poco húmeda (había llovido todo el día y sólo al final salió tímidamente el sol), y el tercero, el menos favorito arranca justo antes, sentado, sin dar un fuerte hachazo. Y en esa curva coge 5 metros. Y el que lleva el compañero delante duda, espera a la rueda del otro enemigo, ya cansado, que sabe que la obligación del que le sigue es controlar y saltar. Pero la duda le atenaza el cerebro, obstruido no por las pulsaciones, sino por las consignas repetidas mil y una veces (a rueda, a rueda, que no se te escape Nibali, contrólalo, hazte un palmarés, el Tour es lo primero…) durante toda una carrera profesional, a veces pasando por encima de su propio talento, de su instinto ya perdido para las pruebas de un día, su velocidad en el esprint y entonces, los esquemas básicos del ciclismo se rompen. Los 5 metros tras la curva se han convertido en 20, en 30. Y ahora se da cuenta del error. Pero han pasado 5 segundos y es demasiado tarde. Llevas 270 kms en las piernas y una vida luchando por quedar tercero en el tour… Tuyo es el bronce, Alejandro.
Valverde, tercero en el Campeonato del
Mundo 2013

Una biografía y una novela: Gore Vidal

En los últimos tiempos he tropezado (y digo tropezado porque así es como uno va descubriendo autores, libros, poemas…) con dos obras del escritor estadounidense Gore Vidal. La primera fue su autobiografía, escrita bajo el título de Una Memoria. Con ese título se expone a las claras lo que en sus páginas destila: posicionamiento, opinión, personalidad. La suya, la de alguien que se acercó a los grandes momentos culturales y políticos de su época con una mirada sagaz y casi siempre crítica. El único libro en el que se dice que Kennedy fue un megalómano que en muchas ocasiones pensaba más en su polla que en el país. Incluso se dice también que de no ser por las buenas maneras y la comprensión de Krushev, el holocausto nuclear hubiera sido una muesca más, tal vez la última, en la estúpida historia del siglo XX.

Gore Vidal a los 21 años. En Antigua (Guatemala)
escribió con voracidad
La otra es su monumental novela Creación, la historia del nieto de Zoroastro, Ciro Espitama. en el olvidado y denostado Imperio Persa, azote de los griegos, dominador de Egipto, Babilonia, y todo el Asia occidental. En ella, la novela toma la forma del testimonio biográfico, donde el joven Demócrito, sobrino griego del decrépito y ya ciego Ciro Espitama, toma nota punto por punto de las digresiones narrativas, de las historias vividas en Catay (la China Imperial) y la India como embajador del Gran rey Darío y la grandeza de aquellos lugares frente al sencillo y falso mundo griego. La voz del joven Demócrito aparece en dos ocasiones, muy cerca del final, para denunciar las irregularidades y las incoherencias de una mente despierta, la de su tío, que asegura estar dictando sus notas. Pero ante todo, como en el caso de la autobiografía, Gore Vidal alerta al mundo de una verdad desconocida, la pervivencia de una historia que sólo resiste por la importancia del presente, por la necesidad de Occidente de forjar una leyenda de tradición secular: el Imperio Persa estaba muy por encima del griego y no sólo en cuanto a poderío militar.
Mediante estos dos ejemplos pretendo ilustrar ese gran hallazgo llamado novela y que no es más que un cajón desastre en el que todo tiene validez: desde la biografía apócrifa, hasta el testimonio de un hallazgo, y cómo, los propios géneros aledaños (qué es la vida sino una novela-río) también la alimentan. En su biografía, Gore Vidal, ya convertido en el viejo Ciro Espitama en los que supone sus últimos días, escribe su historia, a veces con orgullo, a veces con cierto pudor, pero siempre desde su perspectiva, sin callarse opiniones que podrían considerarse dolorosas para los afectados. Tampoco se calla el resentimiento para con alguno de ellos, de manera que la escritura se muestra como lo que es en muchos casos: una terapia, un mecanismo, un modo de vida. Se podría decir que Gore Vidal sólo existe cuando escribe, como si la pulsión cartesiana de la vida se concentrara en esta actividad artesanal, la forma que impone el pensamiento, la estética que marca la ideología… Para Gore Vidal, la línea que separa realidad y ficción es casi inexistente, apuntalada por la pequeña anécdota de que los personajes sean inventados o hayan existido. Pero, en realidad, ¿qué importa eso?

Un post ligerito: Twitter

Esta red social se basa, por si alguien no lo sabía, en la limitación a escribir historias que no duren más de 140 caracteres. En realidad, no voy a hablar en exceso de Twitter, puesto que todavía, pese a ser un usuario habitual, desconozco muchas cosas del medio. Pero desde que lo uso, me siento más enterado de lo que pasa. De hecho, hay muchas cosas que sólo pasan en Twitter. Y si no, que se lo digan a Nacho Vigalondo.

La fórmula no es nueva. Ya existe un antiguo dicho que reza que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Pero es que además, los informativos, con su pretensión de llenar espacios de media hora, ya afrontan las noticias con esa máxima grabada a fuego en sus prompters. Y claro, la mayoría de noticias parecen construidas con la voluntad de explicárselas a un niño de seis años. Acompañadas del material audiovisual de Freddy Krueger, claro. En los últimos tiempos y cada vez más, vistos los titulares, visto el informativo.

Es por ello, que en este siglo XXI, la necesidad de reinventarnos, de tirar de una sociedad que en los sueños utópicos de aquella adolescencia ochentera, se llenaba de coches flotantes, ciudades sin humo o cubiertas con una cúpula de cristal para aislarlas de la dañina atmósfera exterior (en esto último no nos hemos quedado muy lejos), un orden en el que la justicia imperaba, se convierten en necesarios. Una sociedad, en definitiva, superior. Pero, ¿lo es, superior, esa sociedad que muchos han dado en llamar la sociedad de la información? En un tiempo en que la culpa de todo la tiene el pueblo (“todos somos responsables”, ¿recordáis?), el periodismo y la cultura están en crisis, puestas en jaque por las nuevas tecnologías, el acceso infinito y gratis que otorga el consumado demonio del nuevo milenio: internet. Yo desde twitter, he podido acceder a varios ejemplos de que el periodismo no está en crisis por las nuevas tecnologías, sino porque, igual que ocurre en la sociedad, muchos de los prestigios están erigidos sobre malas artes, sobre una manera de actuar un tanto mafiosa que pretende convertir en verdad única sus postulados. Desde el Tytadine de “El Mundo”, pasando por estos dos ejemplos que provienen del mundo del deporte. Como Urdangarín, como los pelotazos inmobiliarios que pagamos entre todos a cargo de las arcas públicas (Madrid 2020 y las promesas de seguirse forrando para los faraones del ladrillo no es más que el enésimo episodio). Estos dos ejemplos tienen que ver con el plagio indiscriminado de información de internet (entre este artículo del mundo y este de ciclismo2005, un referente en información alternativa), no se han molestado ni en escoger una imagen diferente.

A estas alturas de la vida, consumidos trece años del nuevo milenio, lo hacemos todo igual, pero virtualmente. La gente se enamora virtualmente (aunque luego se toquen de verdad), se hace tu follower, te añade a su círculo de amigos de facebook y te hace sucesivamente megustas aunque no os veáis jamás (ni vayáis a hacerlo). Las imágenes en los informativos siguen siendo las mismas. Y cuando digo las mismas, me refiero a que se repiten con las de antaño, cuando teníamos dos cadenas y anhelábamos la libertad televisiva, pero también a que son las mismas en TODOS LOS INFORMATIVOS. Cuando eso no pasa, la noticia que dan es tan mierda que no importa: un futbolista se ha depilado el entrecejo, en Inglaterra han vuelto a hacer una carrera bajando una montaña detrás de un queso (un saludo a Gloucester) o… Perdón, no, estas saldrían en todos los informativos. No, creo que no hay. Bueno sí, depende de lo que den en su cadena. Si fichas a la fórmula 1, los deportes se llenan de bólidos; si fichas a las motos, lo mismo; si das ciclismo, pues ni aun así, a no ser que haya dopaje. Y el resto, pues exactamente igual, pero con otras palabras. Ahí sí que varía la cosa bastante.

Y para que no os sintáis defraudados por un post ausente por completo de información, os diré que el Bárcenas todavía no ha sido indultado.

Muertes estúpidas

No quiero hacer una sucesión de ellas, ya que en internet están todas pormenorizadas, ordenadas de mayor a menor estupidez, cronológicamente, o por edad del protagonista, como ustedes prefieran. Pero estaba leyendo Creación, de Gore Vidal, y pensaba en lo oportuno de ir componiendo novelas con pequeñas historias, o la habilidad de Cervantes para convertir algunos cuentos de las mil y una noches en las anécdotas que llenan la mejor novela que tal vez se escriba jamás. 
Tal vez fuese Esquilo quien inaugurase este apartado, en lo que a personajes notables se refiere. Cuenta Gore Vidal en esa novela, que Esquilo, retirado de la vida pública de su Atenas del alma, entregada ya para siempre a su rival Sófocles, para vivir en el Beautus Ille de Sicilia, paseaba tranquilamente bajo un sol ameno cuando un águila, ávida de sangre, sobrevolaba la zona. El águila tenía una vista extraordinaria para la caza y pronto encontró una tortuga por los alrededores. Esquilo, ajeno a todos estos preparativos, paseaba su calva, cada vez más brillante bajo el sol mediterráneo, que con el tiempo y según en qué época del año deja de ser ameno. El águila se preocupó entonces de buscar una buena piedra sobre la que soltar su presa para resquebrajar tan sólido caparazón y ahí es donde Esquilo se encontró con su mala fortuna: su redonda calva fue confundida por el ave rapaz con una hermosa y redonda piedra. Y todo el mundo sabe que las águilas tienen una estupenda puntería.
Mansfield peinándose

También Javier Marías dedica varias líneas de su trilogía a describir ejemplos de muertes estúpidas, sobre todo la de la rubia star del Hollywood dorado Jayne Mansfield.  El coche que conducía su último amante tuvo un accidente de tráfico y se fue a empotrar bajo un camión que circulaba a una velocidad muy inferior. La mala suerte hizo que en el accidente Mansfield chocara con la cabeza y perdiera el cuero cabelludo. Pese a la belleza que la caracterizó en vida, Mansfield resultó un cadáver verdaderamente horrendo. 

Y son todas esas pequeñas historias, las anécdotas que conducen a una vida y van haciendo pasar de un asunto a otro con la sutileza que conceden los días, los meses, las estaciones, las celebraciones sociales, las que hacen de la novela un trasunto de la vida, una manera como cualquier otra de acumular experiencias; de llenar la vida de hechos que nos hagan creer que hemos aprovechado el breve paso por el planeta. Por eso, cabe decir que a este gobierno debemos estarle muy agradecidos, porque en los dos años que lleva, nos está haciendo vivir mucho. 

El jardín colgante

Foto de la portada. Un terruño árido a la deriva con gente
encima tomando el sol. ¿Qué país es?
Esta semana he empezado (y acabado) El jardín colgante, premio Biblioteca Breve del año pasado y escrito por Javier Calvo, un escritor bregado en el mundo editorial a base de traducciones, correcciones y trabajo arduo y a menudo oscuro. Y mientras iba leyendo, pensaba en la valentía de premiar a un autor joven, con una cartera de novelas a sus espaldas decente, pero no extensa, y una obra complicada, por su trama y por su temática. Hace poco publicaron el premio Biblioteca Breve de este año y todo lo dicho anteriormente se hace añicos, se vuelve espuma, se lo lleva el viento.
Y pensaba, a la luz de ese libro luminoso, en la poca importancia que posee un escritor (un escritor que sólo escriba, claro), hoy en día. Porque en la novela de Calvo existe la convicción de que la transición fue una parodia inventada por los que gobernaban para que pareciese que las cosas no se logran sin esfuerzo. Y que, para un poder que empezaba a diluirse entre corporaciones públicas, nuevos ministerios, oficinas desoladas en viejos palacios y advenedizos de traje y chaqueta, los militares debían garantizar su presencia en el futuro. 
Y bajo este enfoque, una obra premiada, de una editorial tradicionalmente influyente, que en este caso no se deja llevar por una tradición, un nombre, sino que premia a un autor por la simple valía de su obra, resulta que el libro no provoca un cataclismo como el del meteorito de Sallent y la gente empieza a hablar del truño que fue la transición española. Claro, me diréis, hace tiempo que ese runrún corre entre los enteradillos de la política, en los momentos álgidos de ciertas tertulias… Sí, tal vez, pero no ha sido por el libro de Javier Calvo. Tal vez por la pinza PP-PSOE para que el rey abdique, o por la posibilidad de decir cosas hasta ahora completamente prohibidas que se abre tras el cese de la violencia etarra, pero no por el libro de Javier Calvo. Por cierto, una experiencia extraordinaria.
Y todo esto lo digo porque en el proceso de banalización de la sociedad, seguimos con nuevas cantinelas que vienen a ocupar los puestos de las de antaño. El periodismo está en crisis, el libro está en crisis. Cuando es más difícil encontrar un e-book legal que uno pirata, tal vez sea importante conocer en manos de quién está la cultura, de quién lo ha estado siempre. Se me ocurre, por perder el tiempo, claro, es a lo que me dedico, que quizás la preocupación no esté en esos autores que se van a quedar sin publicar, o esas editoriales y medios impresos en general que hacen Eres (si es que todavía se llaman así; en neolengua rajoyniana igual es Regulación Temporal Necesaria del Putadón de Trabajar) y empiezan a vivir una situación difícil. Quizás el problema (para ellos) sea darse cuenta de que ya no controlan, no crean opinión, los mecanismos de la manipulación se vuelven antojadizos y a veces no responden a la lógica. Por eso la educación ha ido sufriendo nueva ley por legislatura y por eso el periodismo y la edición de libros está en crisis. Porque el tiempo vuela y los dinosaurios perecen, incluso en los sueños actualizados de Monterroso.
Leed El jardín colgante, amiguitos, trasunto de esa España que cambia, que siempre se aguanta con pinzas sobre una cuerda deshilachada de la (Eu)ropa en un día tormentoso. Cambiad atentados terroristas por desahucios, GSG-9 por Banco Central Europeo y daros cuenta que estamos en manos de los mismos sinvergüenzas de siempre, que prefieren recortar en educación a volar en turista, abolir la ley de dependencia a convertir a España en un estado laico de verdad, obligando a unas prebendas que vienen de cuando los reyes católicos (como si los otros no lo fueran). Invertid en educación, pero invertid tiempo, sobre todo.

Yo confieso

Asterix leyendo L’Equipe, diario organizador del Tour de France
A continuación detallo una lista de nombres de ex-ciclistas, grandes campeones que se significaron en lo suyo: Rolf Sorensen, Danny Nelissen, Rasmussen. Todos ellos han confesado doparse. Pero doparse, doparse, eso que te levantas y te pinchas en la vena y te acuestas y te vuelves a pinchar, como si estuvieras enfermo terminal y necesitaras todas las medicinas del mundo. O, simplemente, fueras un auténtico yonki. Leyendo la lista, recuerdo un chiste en una historieta de Asterix y Obelix en el que los aldeanos viajaban a Normandía, país donde todos sus habitantes eran orgullosos poseedores de nombres acabados igual, en -af. El jefe se dirige a los suyos y se mofa de esa, para él, graciosa coincidencia, sin reparar en que los suyos también acaban todos en -ix. Pues bien, yo me pregunto: ¿Para cuándo una confesión de un ciclista (atleta, nadadora, futbolista, tenista…) cuyo apellido acabe en -ez?
Durante el juicio de la Operación Puerto, deambularon por sus salas diversos ciclistas identificados en las planificaciones del médico dopador, con sus siglas y el equipo al que pertenecían, en algunos casos, y en otros, mediante grabaciones entrando al piso donde se realizaban los procesos de extracción de sangre (que en algunos casos llegaba al litro). Excepto Manzano, deportista confeso por el cual saltó la noticia, en el ya lejano año de 2004, los demás no recordaban, no sabían, le pagaban por asesoramiento dietético (como en una herboristería) o por problemas de salud. Uno de ellos, incluso, para mayor desgracia suya, estuvo a punto de palmarla, entrando en coma en un hospital italiano. Pues ni así, oye.

El alcoholímetro

Cuando uno es joven, se contenta con seguir formándose, con ir avanzando poco a poco en diferentes disciplinas, mejorar, estudiar, conocer a personas interesantes. Luego, te acabas titulando y piensas que una oportunidad no estaría mal para poder seguir formándote mientras ganas un dinero, claro. Siempre hay alguien mejor, alguien cuyo curriculum parece más abultado, con más idiomas (véanse los presidentes del gobierno sucesivos), mejor universidad… Te conformas porque eres humilde.
Los peinados cambian; las actitudes no.
A medida que creces y vas compartiendo información y adquiriendo ese olfato crítico que te concede un aire de cinismo con el que te sientes a gusto, descubres noticias como la siguiente y piensas que los momentos que mejor aprovechaste fueron aquellos en los que mandabas a la mierda los estudios y decidías salir, y acababas emborrachándote y conociendo a gente interesante que te hacía reír.
Pensadlo: para que salga un exabrupto como éste, el nivel de juerga debe ser alto. EUA no quiere borrachos en la ONU.
No pongo más comentarios. La noticia da para muchas reflexiones, teniendo en cuenta que vivimos en un país donde se le da a probar alcohol a los niños en las celebraciones, se considera como marca nacional una imagen promocional de una marca de brandy y tenemos ex-presidentes del gobierno que apelan a la libertad para exigir su derecho a conducir ebrios. Ciertamente, habría que poner un alcoholímetro a la entrada de las sesiones del Congreso.

Un día de furia

Estaba pensando en abrirme una cuenta vivienda en Chipre…

Como parece que este blog, creado para promocionar mi novela todavía por publicar, La última fiesta, está resultando un tanto político, más allá de potenciar aspectos que salen en sus 200 páginas, me veo en la obligación (personal, de conciencia) de escribir un post al respecto. La última fiesta es una novela que la podría haber escrito cualquiera. Por eso mismo, la puede leer cualquiera. Son las vivencias de unos individuos en crisis, que discurren en un entorno de bienestar hasta que llega una amenaza. Entonces, Islandia se presenta como un lugar de redención. La mía no es una novela de la crisis, ni tiene nada que ver con ella; para eso ya tenemos todas las noticias, excepto las de la RTVE, que son para el papa. No, la mía es una novela para la esperanza. Siempre, siempre, hay que pensar que uno puede coger el toro por los cuernos y tirar hacia adelante. Aunque la respuesta a veces, sea irse a una armería con los últimos ahorros. Si a mí me desahucian, os aseguro que no me voy solo. 

Por eso, porque aquí cabe todo, me veo empujado a expresaros esas reflexiones. A veces, siento estupor ante los acontecimientos. Gente quemándose a lo bonzo en plena calle, gente con una vida dedicada al funcionariado, que salta desde una ventana de un cuarto piso… ¿No se da cuenta esa gente que ellos no han hecho nada malo? ¿Es quizás eso mismo lo que les consume; la impotencia de saber que aún después de toda una vida de esfuerzo y de rectitud, puedes acabar hincando la rodilla? 
¡¡¡Ahora sí que sus vais a cagar!!!

Os he de decir, que yo, que tengo un chip antiinmoral, bajo esta apariencia de rebelde travieso (sí, me abrumáis con vuestros comentarios), en mi infancia, cuando mis amigos se iban a hacer cualquier tropelía, yo me volvía para casa. En la adolescencia jamás fui capaz de robarme la merienda en el Carrefour (que entonces se llamaba Pryca, cómo pasa el tiempo) y pese a todo, seguro que si me deshauciasen, si mi vida como tal se fuera al garete, perdiese mis ahorros y mi trabajo, mis hijos se fuesen a la calle o a un centro de acogida concertado, regentado por alguna entidad católica (sí, ya lo sé, me pongo en el peor de los casos), si todas esas circunstancias se diesen, seguro que sería capaz de encontrar a un culpable, o varios, pero sobre todo uno, al que cargar con la culpa en mi día de furia. Y como yo, varios millones de personas, así que id con más cuidado, señores gestores, os lo ruego: que la gente hasta ahora se queme a lo bonzo en vez de quemaros a vosotros no quiere decir que lo vaya a seguir haciendo siempre. 

La sanidad: esa limosna

La primera opción de título era Santa Teresa de Calcuta: esa hija de… dios? Pero he pensado que tal vez generase mucha polémica. De todas formas, os lo explico para no herir susceptibilidades con lo explicado más abajo. Sí, parece que Teresa de Calcuta, era mala persona.
Si ellos venden camisetas del Che, no veo por qué nosotros
no nos podemos secar el ojete con una toalla de la madre
Teresa de Calcuta, eh que sí?

En 1994, la BBC emitió un documental grabado por Christopher Hitchens llamado “El Ángel del Infierno”, sobre la vida de la posteriormente Santa, Teresa de Calcuta. Luego lo complementó con un libro, también de título expresivo: La posición del misionero, al que no he tenido acceso todavía y por tanto no puedo clarificar si se trata de una posición geolocalizada, una posición ideológica, o una mordiendo el polvo.
Lo digo porque, volviendo al tema del anterior post, sobre periodistas publicistas, el caso de la señora mayor santificada por la iglesia resulta paradigmático a la luz de los acontecimientos. Periódicamente continúan saliendo artículos que rumorean una cierta inclinación moral hacia la injusticia de Teresa, tal vez el último éste, en el que se destapa un supuesto estudio de investigadores universitarios canadienses acerca de sus actos. Hitchens, marxista e inglés (parece un contrasentido en estos tiempos) destapó sus trapicheos, su profundo carácter intolerante y su doble rasero: el que obligaba (los ortodoxos dirán que no obligaba; yo, que soy un heterodoxo en toda la amplitud de la palabra, os diré que hay muchas formas de obligar) a los pobres a emular a Cristo en su trayecto hacia la muerte denegando todo cuidado paliativo, mientras ella viajó a los Estados Unidos y los mejores hospitales en busca de las mejores drogas que la llevaran a una especie de nirvana. ¿Ansiedad por ver a Dios? 
Pero la cosa no queda aquí: al lado de estos, los otros trapicheos, los que hablan de grandes donativos de dinero que no se veían reflejados en el mantenimiento de sus hospitales, los que recogen inmensas sumas gracias a las grandes catástrofes (Bhopal, las sucesivas y terribles inundaciones…) a las que ella no fue capaz de destinar una sola rupia. En cualquier caso; al lado de lo anterior, todo eso queda en nada. Qué peor pesadilla que morir en mitad de unos terribles dolores, soportando una profunda agonía. Incluso creyendo en Cristo, ¿quién no sería capaz de ir a bajarlo de la cruz? ¿Quién sería tan bastardo de hacerle pasar por aquello simplemente para convertirlo en un mito? 
Y aún así, esta señora sigue siendo aceptada como un personaje digno de admiración. Y es todavía más duro aceptar que, por encima de las enseñanzas de Hitchens sobre el personaje en particular, sean el supuesto rigor, la cara cuarteada y los ojos profundos, separados como los de Pedro Ruíz, el peculiar camino de contrición y sufrimiento los que gobiernan los actos de nuestros gestores últimos, estos que, ellos sí, consideran a Teresa una santa que mostró la senda a seguir: la sanidad, una limosna, regida por instituciones que se lucran con el dolor y que conceden a cuentagotas las últimas novedades, accesibles únicamente a quien esté dispuesto a pagarlas.

Periodistas publicistas

Periodista free-lance empujando a  Pedro
Jota, vestido con su traje de luces.

El periodismo está en crisis. Parece que la gente no quiere pagar un euro al día por estar informado… ¿Informado? Dejad que me ría.

En los últimos tiempos, el periodismo de verdad está arrinconado en internet, restringido al gueto inexcusable de lo gratuito, perdido en la marea de información que cada día abruma, a simple vista y también escondida en el infinito pajar de la información del mundo. Por eso está en crisis, porque cada vez está más a la vista. Y ello también evidencia que la información es un tráfico, con ella se mercadea, se dosifica, se negocia, y no sale a la luz si detrás no hay intereses ocultos.
El periodismo, que bebe de las fuentes de la política, está haciendo suyas las teorías de John L. Austin alrededor de los actos de habla (ilocutivos, los llamaba él) en el que ciertas palabras tenían la capacidad, no ya de describir o complementar a la realidad, sino que formaban parte de ella: hablar significaba hacer. Pues eso deben pensar cuando una mentira se repite mil veces, una verdad se deforma otras tantas hasta convertirse en una parodia del origen, un hecho se recorta y se edita hasta que conforma una etiqueta en la que la sociedad se encuentra a gusto. Una sociedad falsa, al fin y al cabo, que no sabe reconocerse ni definirse, que vive del embuste y la opacidad. En eso se ha convertido el periodismo, el de los grandes medios de comunicación. Incluso los grandes temas, los que nos deberían sacar a todos a la calle (y lo hacen en cierta medida, es imposible poner a un país de acuerdo), se tratan en televisión como mero espectáculo de manos de un demiurgo más humorista que periodista, como Jordi Évole, deformación televisiva de Larra. Por cierto, vaya enjabonada buena que se pegó a sí mismo el otro día con la complicidad de David Trueba. Por fin consiguió hacer “El peor programa de la semana”. Un saludo desde aquí a los dos.
En este tiempo convulso, en el que la crisis sigue cebándose y ya ni la huida a Islandia puede proporcionar una cierta satisfacción, asistimos a la visión en directo de grandes verdades. Todos los deportistas profesionales se dopan y todos los políticos son corruptos. ¿Quién no lo ha repetido eso delante de una cerveza? Bien, pues ahora podemos comprobar que es cierto. Lo vemos a cada nueva evidencia filtrada por la prensa, pero para ir más allá y extrapolar estos datos, hay que seguir profundizando. Los periodistas nos siguen intentando escamotear toda la verdad. ¿Cómo es posible que después del revuelo ocasionado por las siglas RSoc todo el mundo se centre en la Real Sociedad, en Prieto, en Karpin tal vez? Y nadie, repito, nadie en toda la prensa del país haya cogido la nómina de jugadores de aquel tiempo y le haya preguntado a Xabi Alonso si se dopaba, si se continúa dopando en el Real Madrid, si en ese equipo se siguen comportando como en aquel otro o si en la selección siguen con las mismas prácticas, si las amenazantes palabras de Eufemiano, cuando dijo que si hablase, España no tendría mundial ni eurocopa, le dicen algo, si teme caer enfermo algún día por los abusos del dopaje, como Jáuregi y Kovásevic (que no está probado que enfermaran a causa del dóping, seguro)… 
Pero no, los periodistas siguen ocultando, los de los medios impresos que cada vez venden menos por culpa de la crisis… Tal vez no se hayan dado cuenta de que la gente no es tonta y que para leer un periódico que dice lo mismo exactamente que el de al lado, pues se lo ahorran. En estos tiempos inciertos, hay que pensarse muy mucho un gasto de más de 365 euros al año. 
Pero no sólo el deporte muestra su cara más amarga. Tal vez la muestra por coincidir en el tiempo con otro caso de los gordos, de los que confirman esas verdades de bar:
¡Hola, muchachos!

El caso Bárcenas va mostrando a pequeñas pinceladas, aquello que todo el mundo comprende como cierto: que esa gente que tras ser ministro se va a ganar millones de euros, no se van a estar contentando mientras tanto con ganar unos pocos miles, apenas el doble  o el triple que tú o que yo, no. Son millonarios que no saben cuánto vale un café, así que cómo van a contentarse con un sueldo que se mide en miles de euros? Vaya, pues al cabo de años de saberlo, resulta que se confirma, no porque un periodista haya investigado, sino porque claramente hay alguien que filtra, interesadamente (de momento parece que la que mejor parada sale del asunto es la basilisca Esperanza). El otro día pensaba, sin ir más lejos, que si todo esto culmina con el asalto a la Moncloa, no me quedará más remedio que hacerme la mochila y cruzar los Pirineos. Ah, se me olvidaba: la tibieza de Rubalcaba también confirma la teoría; no voy a hablar demasiado no me vayan a hacer un zas en toda la boca.

Volviendo al deporte, el caso Armstrong también confirma lo anterior. Tengo un cáncer, me tiro un año sin competir, quimio, operaciones y todo tipo de tratamientos agresivos y cuando vuelvo y empiezo a ganar tours con la máxima diferencia jamás vista, parece que sea tomando redoxon complex. Eso sí, de los segundones no me fío. Ese alemán que viene del este, donde todos sabemos que tenían unos métodos de entrenamiento… Pero él no; él ganaba porque entrenaba mejor, porque sufría más. Y luego, oh, sorpresa, nos ha engañado. Hasta hay quien le da la vuelta a la tortilla y lo tacha de víctima. ¡Vaya periodistas!
En este caso, porque finalmente la evidencia se ha demostrado, pero hay más ejemplos: futbolistas que se lesionan cada vez que reaparecen y, oh milagro, de repente, al cumplir los 18, ya no se vuelven a lesionar más. Lesiones que se recuperan por protocolo en 9 meses se aceleran hasta los tres, gracias a… ¡homeopatía y fisioterapia! Alguien se debe estar descojonando mientras escribe. Y todo esto lo digo porque los testimonios (Manzano, los demás recibían aspirinas y fortasec) hablan de su Porsche aparcado en la puerta, de transporte de neveras en aviones (palmeándola, Eufe le comenta a su vecino de asiento: “aquí dentro está el ganador de la vuelta“), y transfusiones con bolsas descongeladas al baño maría y colgadas de la alcayata del cuadro de un hotel, dulce hotel.
Y bueno, también están los que se dedican a la prensa rosa y tienen un apartamento con vistas a la Zarzuela, pero jamás han visto a las follamigas del rey…