Escoger el momento

A lo largo de la vida, uno va sintiendo a veces sus pasos pesados, con huella. En ocasiones, esos pasos se vuelven ligeros e intrascendentes. Durante un tiempo, eso está bien; te hace seguro de no molestar, de no causar malas digestiones a los que te rodean. Pero a la larga, puede parecer que tu paso por el mundo ha sido más un sueño que una realidad, un figurar más que un hacer en su sentido estricto. Observador y no actor. Y eso, a veces depende en gran parte de las habilidades de cada uno, de su capacidad para destacar (o no), por encima de los demás, de la constancia o tenacidad, de la consistencia de sus aprendizajes o la inconsciencia de sus actos. Pero otras muchas veces, apenas es un esquilmado reflejo de la realidad. Eso que podemos caer en denominar sin alejarnos demasiado de la verdad, como oportunismo.

El oportunismo, como todo el mundo sabe, es la capacidad de saber estar en el momento adecuado en el lugar adecuado. Esa gente que siempre encuentra el alero bajo el que cobijarse durante el aguacero. Aquellos que tienen el olfato para seguir a sus congéneres cuando hay que seguirlos y detenerse en el momento en que se van a despeñar por un barranco.

Esta semana murió Günter Grass, premio nobel, alemán e ínclito integrante de las SS en su juventud. Durante muchos años, se ha considerado que su primera obra, El tambor de hojalata, es una obra caudal de la refundación de la Alemania post Segunda Guerra Mundial, una especie de pica de Flandes sobre la que empezar a construirse como nación, a asumir el pasado y apechugar con un presente que no acababa de arrancar. A partir de ella, tres más; una cada dos años, para culminar la refundación de la nueva Alemania. 

Más allá de la indudable calidad de su obra como escritor, me parece importante que, en estos tiempos de banalización de la cultura, reflexionemos sobre la manera en que la opinión de los prescriptores se dedica a construir la futura historia. La importancia del libro seguramente pueda entenderse más bien como reflejo de un momento social que como espita iniciadora del mismo. Es decir que, para que esa novela emerja como fundamental para entender un movimiento, tal vez ese movimiento hubiera empezado ya a fraguarse mucho antes y no solo existiera ya en el momento de publicarse la novela, sino que fuera algo evidente a simple vista. 

Pero, a lo que vamos: el bueno de Günter supo estar en el momento adecuado cuando fue necesario. En un momento, a un lado; en el siguiente fotograma de la historia, en el contrario. Salvando las distancias en nuestro país, que pasamos por lo mismo pero sin la elegante imaginería nazi, varios escritores adictos a la causa fueron perseguidos ―es un decir, claro; como mucho, un tirón de orejas― por la censura. Así, a bote pronto, se me ocurren Camilo José Cela y Torrente Ballester.

El caso de este último resulta muy ilustrativo para el asunto que nos ocupa, ya que era dueño de unas ideas que en la siempre dura lucha política, fueron cayendo en desuso hacia 1950. Las ideas falangistas ―o nazis, que no deja de ser muy parecido― hubieron de dejar paso a las nuevas ―o viejas― tendencias del Opus Dei, que empezaron a copar los ministerios y, en general, cualquier puesto cerca de la oreja de Franco. Como consecuencia, los censores dejaron de ser falangistas para ser curas, de la diócesis o afines. Las novelas de Ballester, llenas de individualismo y sexo, empezaron a ser mal vistas y tuvieron que pasar por la censura. También las de Cela. Eso los convirtió en héroes de la democracia, al lado de los muertos Machado y Lorca. Evidentemente, no están al mismo nivel, ni en cuanto a su actitud ante la vida ni a su obra. ¿Quién se acuerda hoy de Torrente Ballester?

Günter Grass, como tantos otros, también supo escoger su momento. Solo cabe poner en solfa, aunque no haga tanta falta porque en Alemania los periodistas preguntan, todos los datos para juzgar a un personaje. Y con los escritores y otras personas que viven de sus opiniones, los detalles importan.

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