Una biografía y una novela: Gore Vidal

En los últimos tiempos he tropezado (y digo tropezado porque así es como uno va descubriendo autores, libros, poemas…) con dos obras del escritor estadounidense Gore Vidal. La primera fue su autobiografía, escrita bajo el título de Una Memoria. Con ese título se expone a las claras lo que en sus páginas destila: posicionamiento, opinión, personalidad. La suya, la de alguien que se acercó a los grandes momentos culturales y políticos de su época con una mirada sagaz y casi siempre crítica. El único libro en el que se dice que Kennedy fue un megalómano que en muchas ocasiones pensaba más en su polla que en el país. Incluso se dice también que de no ser por las buenas maneras y la comprensión de Krushev, el holocausto nuclear hubiera sido una muesca más, tal vez la última, en la estúpida historia del siglo XX.

Gore Vidal a los 21 años. En Antigua (Guatemala)
escribió con voracidad
La otra es su monumental novela Creación, la historia del nieto de Zoroastro, Ciro Espitama. en el olvidado y denostado Imperio Persa, azote de los griegos, dominador de Egipto, Babilonia, y todo el Asia occidental. En ella, la novela toma la forma del testimonio biográfico, donde el joven Demócrito, sobrino griego del decrépito y ya ciego Ciro Espitama, toma nota punto por punto de las digresiones narrativas, de las historias vividas en Catay (la China Imperial) y la India como embajador del Gran rey Darío y la grandeza de aquellos lugares frente al sencillo y falso mundo griego. La voz del joven Demócrito aparece en dos ocasiones, muy cerca del final, para denunciar las irregularidades y las incoherencias de una mente despierta, la de su tío, que asegura estar dictando sus notas. Pero ante todo, como en el caso de la autobiografía, Gore Vidal alerta al mundo de una verdad desconocida, la pervivencia de una historia que sólo resiste por la importancia del presente, por la necesidad de Occidente de forjar una leyenda de tradición secular: el Imperio Persa estaba muy por encima del griego y no sólo en cuanto a poderío militar.
Mediante estos dos ejemplos pretendo ilustrar ese gran hallazgo llamado novela y que no es más que un cajón desastre en el que todo tiene validez: desde la biografía apócrifa, hasta el testimonio de un hallazgo, y cómo, los propios géneros aledaños (qué es la vida sino una novela-río) también la alimentan. En su biografía, Gore Vidal, ya convertido en el viejo Ciro Espitama en los que supone sus últimos días, escribe su historia, a veces con orgullo, a veces con cierto pudor, pero siempre desde su perspectiva, sin callarse opiniones que podrían considerarse dolorosas para los afectados. Tampoco se calla el resentimiento para con alguno de ellos, de manera que la escritura se muestra como lo que es en muchos casos: una terapia, un mecanismo, un modo de vida. Se podría decir que Gore Vidal sólo existe cuando escribe, como si la pulsión cartesiana de la vida se concentrara en esta actividad artesanal, la forma que impone el pensamiento, la estética que marca la ideología… Para Gore Vidal, la línea que separa realidad y ficción es casi inexistente, apuntalada por la pequeña anécdota de que los personajes sean inventados o hayan existido. Pero, en realidad, ¿qué importa eso?

Muertes estúpidas

No quiero hacer una sucesión de ellas, ya que en internet están todas pormenorizadas, ordenadas de mayor a menor estupidez, cronológicamente, o por edad del protagonista, como ustedes prefieran. Pero estaba leyendo Creación, de Gore Vidal, y pensaba en lo oportuno de ir componiendo novelas con pequeñas historias, o la habilidad de Cervantes para convertir algunos cuentos de las mil y una noches en las anécdotas que llenan la mejor novela que tal vez se escriba jamás. 
Tal vez fuese Esquilo quien inaugurase este apartado, en lo que a personajes notables se refiere. Cuenta Gore Vidal en esa novela, que Esquilo, retirado de la vida pública de su Atenas del alma, entregada ya para siempre a su rival Sófocles, para vivir en el Beautus Ille de Sicilia, paseaba tranquilamente bajo un sol ameno cuando un águila, ávida de sangre, sobrevolaba la zona. El águila tenía una vista extraordinaria para la caza y pronto encontró una tortuga por los alrededores. Esquilo, ajeno a todos estos preparativos, paseaba su calva, cada vez más brillante bajo el sol mediterráneo, que con el tiempo y según en qué época del año deja de ser ameno. El águila se preocupó entonces de buscar una buena piedra sobre la que soltar su presa para resquebrajar tan sólido caparazón y ahí es donde Esquilo se encontró con su mala fortuna: su redonda calva fue confundida por el ave rapaz con una hermosa y redonda piedra. Y todo el mundo sabe que las águilas tienen una estupenda puntería.
Mansfield peinándose

También Javier Marías dedica varias líneas de su trilogía a describir ejemplos de muertes estúpidas, sobre todo la de la rubia star del Hollywood dorado Jayne Mansfield.  El coche que conducía su último amante tuvo un accidente de tráfico y se fue a empotrar bajo un camión que circulaba a una velocidad muy inferior. La mala suerte hizo que en el accidente Mansfield chocara con la cabeza y perdiera el cuero cabelludo. Pese a la belleza que la caracterizó en vida, Mansfield resultó un cadáver verdaderamente horrendo. 

Y son todas esas pequeñas historias, las anécdotas que conducen a una vida y van haciendo pasar de un asunto a otro con la sutileza que conceden los días, los meses, las estaciones, las celebraciones sociales, las que hacen de la novela un trasunto de la vida, una manera como cualquier otra de acumular experiencias; de llenar la vida de hechos que nos hagan creer que hemos aprovechado el breve paso por el planeta. Por eso, cabe decir que a este gobierno debemos estarle muy agradecidos, porque en los dos años que lleva, nos está haciendo vivir mucho.