Minucias

Bio ahora es Activia
Estaba yo pensando, cosa que trato de hacer habitualmente para no perder el hábito, en las pequeñas cosas que se han ido modificando a lo largo de mi vida. Y entre esos recuerdos, aparecieron aquellos yogures de la infancia, cremosos, de un sabor suave e intenso. Danone, eran; este es mi blog y creo que puedo decir lo que me venga en gana. Eran, la verdad, realmente buenos, o al menos así los recuerdo yo, con su desnudo etiquetado en blanco y azul, sin cartonaje, en agrupaciones de a cuatro. Luego, a cierta altura de la adolescencia, aparecieron los Bio, con su característico verde intenso, que al principio asustaba un poco, un color ciertamente agresivo para el envoltorio de un yogur. Y los yogures de siempre, empezaron a asemejarse poco a poco a algo muy similar a una puta mierda. El gusto empezó a desvanecerse, el suero fue aumentando paulatinamente su presencia hasta dejar de ser ese traguito gustoso previo al primer ataque de la cuchara para convertirse en un problemón si no tenías un desagüe cerca. 
Entonces pensé que tal vez, en su afán investigador, los ingenieros químicos de la conocida marca de yogures (es Danone, por si os habíais perdido antes), tal vez no descubrieron un producto mejor, una nueva bacteria que digería mejor la lactosa y transformaba la leche en yogur con una sabiduría y un estilo nunca vistos con anterioridad, sino que habían descubierto una que lo hacía peor pero más barato, aumentando en gran cantidad el peso final del producto aun a costa de aguarlo y, simplemente, cambiaron el envoltorio del producto primero y pusieron el nuevo con la etiqueta de uno que ya tenían, el único, su producto, El Yogur. Y para darle empaque, tradujeron el nombre de lo que ya fabricaban: lactobacilus bifidus. Pero no, seguro que no fue así.
Más adelante, con algunos años más en el zurrón, paseaba por alguna de esas ciudades castellanas rodeadas de llano y me preguntaba por qué coño se dedicaban a construir a cinco o diez quilómetros del centro si a quinientos metros había unos solares estupendos esperando que entrasen las excavadoras. Me decía si no sería un tic de gran ciudad, con urbanizaciones a cierta distancia en las que obligatoriamente has de tomar el coche hasta para ir al lavabo.Y alguien me tuvo que explicar que construían así, de fuera hacia adentro, porque en tal caso eran esos pisos del extrarradio los que marcaban el mínimo. Por aquel entonces, el concejal de urbanismo era primo del que construía, claro, así no venía nadie a los tres meses de iniciar las obras en el quinto pino y levantaba otras al ladito del Corte Inglés. 
En fin, que lo de las preferentes no se inventó ayer y Urdangarín no habría hecho nada si no fuera por esos correos infames que violentaban la confianza de una Grande de España, los contratos en negro de hasta sí mismo y el desvío de unas mínimas decenas de millones de euros a paraísos fiscales. En realidad, al trullo no tendría que ir el que pone un precio exorbitado a una mierda (no querría yo ver a Ágata Ruiz de la Prada en prisión, desde luego; como mucho, en arresto domiciliario), sino al que compra una mierda con un dinero que no es suyo. Vaya, que me ha dado hoy por pensar en las intrincadas minucias del gato por liebre.  

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