Bradley Wiggins y el dedo anular

Como escritor, muchas veces pienso en la imagen que los otros proyectan sobre alguien. La visión que un personaje o una personalidad (muchas veces es más fácil escribir sobre un tópico y luego ir complicándolo) transmiten al resto, pero también lo que piensan de la visión que el resto del mundo tiene de ellos, que inevitablemente transforma y modifica. En qué medida lo hace es el trabajo arduo de escribir, el no cargar demasiado las tintas en uno u otro sentido para que el personaje no se salga de su papel, no sobreactúe al fin y al cabo. 
¡Tengo la boca reseca, diossss! Quiero decir, ¡Yoooooo!
En la vida real, ese mecanismo de feedback también actúa y hay ejemplos sangrantes en muchos elementos de la vida pública. El caso de los deportistas que se convierten en muñecos rotos y acaban sucumbiendo a las bajas pasiones son un claro ejemplo. El caso más evidente y tal vez, el más paradigmático, es el de Diego Armando Maradona, que hoy se dedica a pasear caché por países petrolíferos. Por suerte, su caso no ha acabado en tragedia (de momento).
A pesar de que parece que todo esto lo ha descubierto Guardiola en los últimos tiempos, desde antiguo quien se dedica a ello sabe que el deporte de élite exige sacrificios durísimos, trabajo oscuro en los meses en los que las competiciones quedan lejos, vida monacal durante todo el año, cargas de entrenamiento brutales, lesiones y sobrecargas que producen un dolor constante durante esos mismos entrenamientos y suplementos alimenticios, batidos, pastillas y medicamentos legales. Además, hay medicamentos ilegales que se utilizan en determinadas circunstancias, o que lo son en un deporte y no en otro (en fútbol se pueden infiltrar corticoides, en ciclismo está prohibido su uso). Los deportes de fondo, debido a que su desarrollo implica básicamente a las capacidades físicas cuantitativas (ciclismo, atletismo de larga distancia, natación, patinaje, esquí nórdico -un saludo a Juanito Mühlegg), son los más susceptibles de utilizar sustancias dopantes.
Según las últimas informaciones extraídas de las confesiones del caso Armstrong (el tío se ve que iba como una moto en todo el amplio sentido de la expresión), para ser ciclista profesional debes pincharte cerca de 200 veces al año. Todo depende de los objetivos, claro; a mayor objetivo, mayor número de pinchazos. Bradley Wiggins ha sido el primer británico en ganar el Tour, el primero al que se veía capacitado para ello, 30 años después de aquel otro británico que también aspiró a ello y enterró sus posibilidades (y su vida), ascendiendo el Ventoux. Las enterró bien cargadito de anfetaminas.
¿A quién se dirige? ¿A los lectores del Telegraph? A los cámaras?
¿A un tío que se le ha cruzado con el coche? ¿Al que le atropelló
con la furgo? ¿A un borracho que le llamó drogota?Al Dr Ferrari?
¿A su asesor de imagen…? Si queréis encuesta, pedidla.
Bien, pues Bradley Wiggins, Wiggo para sus miles de fans, lo consiguió este año después de varios plagados de desgracias, con caídas y abandonos. Empezó siendo un pistard, ganando medallas olímpicas pero no dinero, lo que le empujó a beber unas cuantas pintas de cerveza al día, confesado por él mismo. Bradley, un chico tímido, de físico aparentemente endeble agravado por la extrema delgadez a la que dice  debe agradecer su progresión en el ciclismo profesional, proviene de un entorno humilde, con un padre alcohólico que abandonó a su madre y el deporte como única tabla de salvación a un abismo de drogas y robo con escalo. ¿Adónde apunta ese dedo anular entonces?
Desde que ganó la contrarreloj de los juegos olímpicos y se convirtió en el ciclista inglés más laureado con su séptima medalla, Bradley no ha dejado de profundizar en su estilo «mod», acudir a fiestas de presentación de la marca de ropa que le patrocina (Fred Perry) y lucir patillas en diferentes celebraciones donde todo el mundo le dice lo bueno que es. Tal vez ese dedo sea una seña de identidad más, como el cuello subido, el pelo rebelde y la mirada triste. 
No digo yo que Bradley se pique 200 veces al año, ni que utilice EPO, testosterona, cortisona, autotransfusiones (no, eso es el pasado como se encargan de asegurar todas las instituciones al hablar de 2010, último año de Armstrong en el pelotón internacional; el pasado al hablar de dos años atrás, como si esas prácticas fueran propias de los tiempos de Carlomagno), no lo digo, aunque parezca que lo sugiera (los que justifican a Armstrong se amparan en que todos lo hacían; por qué este no). No lo digo, vuelvo a repetir, pero es que en el ciclismo, ese deporte que se nutre de la épica, de las montañas, ya tenemos varios casos de muñecos rotos que han acabado en tragedia. José María Jiménez, Marco Pantani y Frank Vandenbroucke, todos ellos politoxicómanos, todos ellos en la nómina de un equipo profesional hasta el mismo día de su muerte. Ninguno de ellos dio positivo cuando en las sucesivas autopsias (no en la de Vandenbroucke, que se hizo en África) se encontraron restos de cocaína. La gente se sorprende de que no pillasen a Lance en los sucesivos controles, cuando todo lo que tomaba o tenía certificado médico, o era voluntariamente escondido, con dosis controladas y tiempos precisos, científicos. A estos tres no les pillaron la cocaína que no creo que se dosificaran precisamente si les condujo a la muerte.
Esperemos que el británico que este año ha despertado con fuerza, no sea el próximo muñeco roto del ciclismo.

La crisis de los 30

En 2001, justo un mes y medio después de cumplir los treinta años, Wynona Ryder robó vestidos y complementos por valor de 5.500 dólares. En 2005 Kate Moss, nacida en el 74, era retratada esnifando cocaína. En 1993 (sí, con 30 años), Jhonny Depp rompe con la cleptómana en ciernes Wynona, destroza una habitación de hotel y se casa con una maquilladora para divorciarse dos años después (más tarde se liaría con la modelo que acaba de afirmar, en declaraciones exclusivas, que nunca ha sido cocainómana, Kate). En 1999, pocos meses antes de cumplir 30 años, Marco Pantani se pasa con la EPO (no tenía suficiente con ganar cuatro etapas en el Giro e ir líder destacado) y lo expulsan de la carrera el penúltimo día. Apenas cuatro años después encuentra la muerte en un hotel de costa, cerca de su localidad natal.
Hola. Soy Jhonny Depp y este
año caen 50 castañas.
Sirvan estos breves ejemplos para ilustrar una crísis que a lo largo de la vida se puede convertir en una tontuna, o en la definitiva. Cuando tienes 70 tacos imagino que la crisis de los 30 fue una auténtica gilipollez, pero como las cosas solo son en el presente, cuando la vives es el peor enemigo al que te enfrentas. Yo, que para tantas cosas he sido bastante tardío (no entraré en más detalles a este respecto, aunque tal vez, con paciencia y los años, podáis encontrarlos más adelante en este modesto blog), la viví prematuramente a los 28. Fue un año complicado. Volví de Granada, una ciudad barata en la que se puede trampear con pocos ingresos (lo difícil es conseguir muchos allí) y en la que con un litro en el mirador de Carvajales se puede llegar a atisbar la felicidad; una ciudad en la que compartes vida con un montón de jóvenes interesantes que han ido allí a estudiar, a formarse, y en la que el futuro se dilata hasta un hipotético mañana que nunca llega. Me volví a Barcelona, mi ciudad, en ese mañana ya cumplido, cuando la voluntad de acabar mi segunda carrera pasó a un segundo plano para acceder a esa treintena con un coche, una hipoteca y unos largos viajes que poderme pagar con mi sueldo holgado. El coche me lo compré cuatro años más tarde, la hipoteca todavía no la tengo (ni sé si la conceden a escritores que no hayan ganado el Cervantes, el Planeta y/o el Nacional de Literatura) y los viajes los sigo haciendo por territorio nacional ocho años después de aquello, aunque sigo descubriendo lugares fascinantes (el Mont-Rebei, la Sierra del río Mundo, Calatañazor, las minas de sal a cielo abierto de Añana…). En realidad, estoy empezando a preocuparme ya de la siguiente, la de los cuarenta, con el vello de cada uno de los poros de mi cuerpo erizado mientras observo escrita esa palabra maldita: CUARENTA.
La Última Fiesta fue concebida como una especie de excusa para hablar de esa crisis que luego deja de ser crisis para convertirse en una tontería que se me pasó por la cabeza hace un tiempo, que en realidad consta de un declive físico que se inicia a partir de esos años (alrededor de los 27 o 28) y que se circunscribe a unos síntomas muy claros: las heridas ya no cicatrizan igual, los domingos empiezas a necesitar Almax Forte y los quilos se empiezan a pegar a los riñones y se abrazan a ellos de una manera que antes no lo hacían.