Trieste

Trieste es una ciudad del norte de Italia, en el Adriático, a pocos kilómetros de la frontera con Eslovenia, cuando este país es apenas una franja que separa Italia de Croacia. Como ciudad fronteriza y en la convulsa historia desgajada de condados y señores de la guerra que es la historia de Italia y de la Europa del Imperio, Trieste tiene varios nombres: en esloveno, Trst, en friuliano y en alemán, Triest… Ha sido habitual moneda de cambio y ha formado sucesivamente parte de Italia o del Imperio Austro-húngaro. Su nombre, en castellano y en italiano, suena a melancolía, a lluvia, a frontera, a borde.

Ese es el título con el que Dasa Drndic nos presenta una novela desgarradora, que se va haciendo más desgarradora a medida que avanza el relato. La primera parte cuenta la historia de una familia judía que vive a caballo de la frontera, que son eslovenos e italianos, que conocen el alemán y hablan italiano, una familia acomodada que sufre con los vaivenes de la primera guerra mundial y van creciendo, haciéndose mayores, teniendo hijos que sufren, que disfrutan, que se espabilan. Pero de repente, empiezan a verse privados de sus derechos por el simple hecho de ser judíos. Como muchos otros, deben hacerse el carnet del partido fascista de Mussolini para poder trabajar, para seguir dando clases o seguir en una empresa de representación de paraguas.

Y la narración de la familia discurre hasta la hija, Ada Tedeschi, que tiene un hijo a raíz de su relación con un oficial alemán destinado en Trieste. Hasta aquí la historia no deja de ser hasta cierto punto, convencional. Pero a los seis meses de maternidad y cuando la guerra parece entrar en su resolución, con las derrotas de los países del Eje frente a los aliados, su hijo, Antonio Tedeschi, desaparece. Ada ve interrumpido su papel de madre. Ya nunca lo volverá a ser; nunca volverá a confiar en un hombre.

En esta segunda parte, se empieza a indagar en el horror del holocausto, en lo que representa la memoria histórica y la importancia de mantenerla, de llamar a las cosas por su nombre. En Italia también hubo campos de concentración y muy cerca de Trieste se encontraba la arrocera de San Sabba, una fábrica convertida por los oficiales de las SS en un campo de exterminio. En el libro aparecen los nombres de los cerca de 9 000 judíos asesinados en Italia mismo o deportados a otros campos de exterminio. Es un listado de nombres, a tres columnas y con tipografía pequeña, que ocupan 70 páginas del libro. Desde el punto de vista editorial o comercial, esto representa una pequeña agresión al lector, un texto intrascendente, vacuo. Desde el punto de vista humano, representa un imperativo moral, una necesidad de homenaje a esos muertos que sufrieron el holocausto nazi.

Viviendo en un país donde constantemente se tergiversa y se pisotea la memoria histórica y se banalizan los 40 años de dictadura atroz que vivió este país, resulta enormemente gratificante la valentía de acometer un proyecto de este tipo. La valentía de la autora, por supuesto, pero también la valentía de una editorial independiente -Automática Editorial-, de poner en circulación un libro que debería de ser obligatorio en los institutos. Porque, ¿conocen nuestros jóvenes lo que representó el holocausto? ¿Se pueden llegar a asumir las dimensiones de aquel crimen? Libros como este ayudan a ello, aunque uno no deje de mostrar estupor al recorrer sus páginas.

Schwarzenegger

Mi padre fue nazi, pero mira qué músculos.

El libro además ejerce ese papel recordatorio tan necesario, poniendo nombre y apellidos a algunos de los cómplices necesarios. El padre de Arnold Schwarzenegger fue un soldado raso del Tercer Reich, con lo que le quitaba importancia a su participación en el holocausto. Después de Vietnam, después de Irak, todos sabemos lo que un soldado raso puede hacer en una guerra como aquella. El padre de Madeleine Albright, la antigua secretaria de estado de USA, participó de manera activa en la guerra, aunque no encontrarán rastro de ello en Wikipedia. La connivencia del estado “neutral” suizo, tanto en la acumulación de los réditos de la guerra, del expolio de las gafas, de los dientes de oro, de las pertenencias de los individuos eliminados, como en la permisividad con los propios transportes: muchos de los deportados desde Italia pasaron por Suiza, utilizaron su red de transportes, fueron custodiados y protegidos por el gobierno. O la Cruz Roja, y su firme voluntad, ejercida desde sus inicios, de no participar. Pero ¿es posible declararse neutral si no lo intentas evitar? ¿No es esa permisividad una manera de convertirse en cómplice?

En este apartado, el libro recuerda a otros libros testimonio, como los del nobel Aleksander Solzhenitsyn sobre los gulag y las deportaciones soviéticas y, en algunos puntos, aunque sin el vitriolismo irónico de este, a La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño, un listado de nombres con una somera biografía. En este caso, los nombres son reales, responden a su participación en los hechos y uno, como lector, no puede dejar de sentirse abrumado por las cifras. Personas responsables, directa o indirectamente, de la muerte de medio millón de seres humanos. Personas capaces de reventar sistemáticamente la cabeza de niños que llegaban a los campos junto a sus padres. Personas que se dedicaban a cabalgar con su caballo blanco a diario y disfrutaban disparando a otras personas por el simple placer de la caza, del deporte, porque podían. Todo un sistema complejo, estudiado, de transportes, unos esfuerzos dedicados exclusivamente al exterminio. ¿Cómo pudo suceder? ¿Cómo se sostiene todavía aquello de “No sabíamos nada”?

El papel de la iglesia también es clarificado a lo largo de las páginas del libro. Primero, en el desenmascaramiento: Ratzinger es denominado con el sobrenombre de “Rottweiler”, que se le puso durante la guerra, cosa que elimina cualquier atisbo de inocencia. Pero no solo eso; la iglesia como institución participó activamente en el robo de niños como el de la historia que nos ocupa, Antonio Tedeschi, o Hans Traube, como él creía que se llamaba. La Iglesia Católica, la institución así denominada, ayudó al régimen nazi bautizando a los niños robados y convirtiéndolos en católicos. Una vez acabada la guerra, el propio Juan XXIII, conocido como el “Papa bueno”, instaba a las diferentes parroquias y diócesis a no hacer públicos los documentos en los que se registraban los bautizos, a no ayudar en las investigaciones para devolver a estos niños, en la medida de lo posible, a sus familias. Y

paco

Sí, sí, Francisco, tú también. 

ese secretismo, esa voluntad de no ceder, no es una cuestión del pasado. Entronca con la memoria histórica puesto que esa decisión llega hasta nuestros días. Los que han conocido su verdadera historia no lo han hecho gracias a la difusión de los documentos eclesiásticos que, Papa tras Papa, siguen empecinados en mantener una institución que larva el mal en su seno, a través del goteo de casos y más casos de pederastia, y por su complicidad con las más sanguinarias dictaduras, desde África, a Latinoamérica y Europa.

Una biografía y una novela: Gore Vidal

En los últimos tiempos he tropezado (y digo tropezado porque así es como uno va descubriendo autores, libros, poemas…) con dos obras del escritor estadounidense Gore Vidal. La primera fue su autobiografía, escrita bajo el título de Una Memoria. Con ese título se expone a las claras lo que en sus páginas destila: posicionamiento, opinión, personalidad. La suya, la de alguien que se acercó a los grandes momentos culturales y políticos de su época con una mirada sagaz y casi siempre crítica. El único libro en el que se dice que Kennedy fue un megalómano que en muchas ocasiones pensaba más en su polla que en el país. Incluso se dice también que de no ser por las buenas maneras y la comprensión de Krushev, el holocausto nuclear hubiera sido una muesca más, tal vez la última, en la estúpida historia del siglo XX.

Gore Vidal a los 21 años. En Antigua (Guatemala)
escribió con voracidad
La otra es su monumental novela Creación, la historia del nieto de Zoroastro, Ciro Espitama. en el olvidado y denostado Imperio Persa, azote de los griegos, dominador de Egipto, Babilonia, y todo el Asia occidental. En ella, la novela toma la forma del testimonio biográfico, donde el joven Demócrito, sobrino griego del decrépito y ya ciego Ciro Espitama, toma nota punto por punto de las digresiones narrativas, de las historias vividas en Catay (la China Imperial) y la India como embajador del Gran rey Darío y la grandeza de aquellos lugares frente al sencillo y falso mundo griego. La voz del joven Demócrito aparece en dos ocasiones, muy cerca del final, para denunciar las irregularidades y las incoherencias de una mente despierta, la de su tío, que asegura estar dictando sus notas. Pero ante todo, como en el caso de la autobiografía, Gore Vidal alerta al mundo de una verdad desconocida, la pervivencia de una historia que sólo resiste por la importancia del presente, por la necesidad de Occidente de forjar una leyenda de tradición secular: el Imperio Persa estaba muy por encima del griego y no sólo en cuanto a poderío militar.
Mediante estos dos ejemplos pretendo ilustrar ese gran hallazgo llamado novela y que no es más que un cajón desastre en el que todo tiene validez: desde la biografía apócrifa, hasta el testimonio de un hallazgo, y cómo, los propios géneros aledaños (qué es la vida sino una novela-río) también la alimentan. En su biografía, Gore Vidal, ya convertido en el viejo Ciro Espitama en los que supone sus últimos días, escribe su historia, a veces con orgullo, a veces con cierto pudor, pero siempre desde su perspectiva, sin callarse opiniones que podrían considerarse dolorosas para los afectados. Tampoco se calla el resentimiento para con alguno de ellos, de manera que la escritura se muestra como lo que es en muchos casos: una terapia, un mecanismo, un modo de vida. Se podría decir que Gore Vidal sólo existe cuando escribe, como si la pulsión cartesiana de la vida se concentrara en esta actividad artesanal, la forma que impone el pensamiento, la estética que marca la ideología… Para Gore Vidal, la línea que separa realidad y ficción es casi inexistente, apuntalada por la pequeña anécdota de que los personajes sean inventados o hayan existido. Pero, en realidad, ¿qué importa eso?

Un día de furia

Estaba pensando en abrirme una cuenta vivienda en Chipre…

Como parece que este blog, creado para promocionar mi novela todavía por publicar, La última fiesta, está resultando un tanto político, más allá de potenciar aspectos que salen en sus 200 páginas, me veo en la obligación (personal, de conciencia) de escribir un post al respecto. La última fiesta es una novela que la podría haber escrito cualquiera. Por eso mismo, la puede leer cualquiera. Son las vivencias de unos individuos en crisis, que discurren en un entorno de bienestar hasta que llega una amenaza. Entonces, Islandia se presenta como un lugar de redención. La mía no es una novela de la crisis, ni tiene nada que ver con ella; para eso ya tenemos todas las noticias, excepto las de la RTVE, que son para el papa. No, la mía es una novela para la esperanza. Siempre, siempre, hay que pensar que uno puede coger el toro por los cuernos y tirar hacia adelante. Aunque la respuesta a veces, sea irse a una armería con los últimos ahorros. Si a mí me desahucian, os aseguro que no me voy solo. 

Por eso, porque aquí cabe todo, me veo empujado a expresaros esas reflexiones. A veces, siento estupor ante los acontecimientos. Gente quemándose a lo bonzo en plena calle, gente con una vida dedicada al funcionariado, que salta desde una ventana de un cuarto piso… ¿No se da cuenta esa gente que ellos no han hecho nada malo? ¿Es quizás eso mismo lo que les consume; la impotencia de saber que aún después de toda una vida de esfuerzo y de rectitud, puedes acabar hincando la rodilla? 
¡¡¡Ahora sí que sus vais a cagar!!!

Os he de decir, que yo, que tengo un chip antiinmoral, bajo esta apariencia de rebelde travieso (sí, me abrumáis con vuestros comentarios), en mi infancia, cuando mis amigos se iban a hacer cualquier tropelía, yo me volvía para casa. En la adolescencia jamás fui capaz de robarme la merienda en el Carrefour (que entonces se llamaba Pryca, cómo pasa el tiempo) y pese a todo, seguro que si me deshauciasen, si mi vida como tal se fuera al garete, perdiese mis ahorros y mi trabajo, mis hijos se fuesen a la calle o a un centro de acogida concertado, regentado por alguna entidad católica (sí, ya lo sé, me pongo en el peor de los casos), si todas esas circunstancias se diesen, seguro que sería capaz de encontrar a un culpable, o varios, pero sobre todo uno, al que cargar con la culpa en mi día de furia. Y como yo, varios millones de personas, así que id con más cuidado, señores gestores, os lo ruego: que la gente hasta ahora se queme a lo bonzo en vez de quemaros a vosotros no quiere decir que lo vaya a seguir haciendo siempre. 

El alcohol me hace ser yo mismo

¡Mira, un elefante rosa!
Cuando veo a los jovenzuelos alegremente sentados en un banco de una plaza, o en el césped durante las fiestas patronales de cualquier ciudad (el resto del año está prohibido, pero con una coherencia del todo legal), me planteo seriamente si el consumo de alcohol es fundamentalmente malo. Cerca de mi casa también existe un comedor social, y entonces me doy cuenta de que sí. Luego veo los anuncios de cerveza que hablan de la camaradería y de las esposas que acceden al consumo de sus maridos con total asentimiento desde su retiro maternal (tienen el pecho hinchado, así que seguramente siguen amamantando a sus criaturas con la misma mirada tierna con que contemplan las travesuras de sus maridos y sus amiguetes gracias a ese néctar de los dioses) y a continuación veo a un vecino que cada día, a primera hora de la mañana, siempre va al trabajo bebiéndose una lata de cerveza (a eso de las 8:30; un desayuno fuerte) y me imagino que su mujer no debe de estar demasiado contenta. 
Ahora estamos leyendo, pero ya
verás luego…
De estas dos visiones que son fácilmente observables en torno al fenómeno del alcohol, que nos lleva acompañando desde tiempos remotos, es fácilmente identificable cada una a un momento temporal, de esos difusos que se pierden entre la generalidad de una vida, pero en realidad muy certeros. La primera de las visiones, la positiva, la alegre, siempre corresponde al presente. La otra, la negativa, al futuro de los demás. 
El alcohol es un elemento cultural inherente a nuestra manera de ser. El abstemio, en España, es un apestado de la misma catadura moral que el alcohólico terminal. Y esa banalización que se establece desde el principio, ese principio que tiene mucho de proceso iniciático, de ver hasta dónde se aguanta, determina la manera de entender la vivencia del alcohol a lo largo de la vida. Si detectan, queridos lectores, algo de humor en mis palabras, es que me he equivocado. Ah, y no, no soy abstemio.
En mi novela he intentado tratar el alcohol como ese compañero de viaje que un día ya no apacigua, ni alegra, ni sedimenta emociones, sino que las exalta y las tergiversa, y se convierte en una amenaza a evitar en la que siempre se acaba cayendo. Por suerte, siempre no. Tampoco es un tema fundamental, pero sirve para catalogar de una manera más clara al personaje protagonista de la primera de las tres partes en las que está distribuida la novela.