Muerte de un ciclista

Poco más se puede añadir a la imagen. El conductor está
apenado, pero el ciclista está MUERTO.
En 1955, se estrena en España la película Muerte de un ciclista, en la que una pareja en pleno recorrido adúltero en coche, atropella a un ciclista en una carretera solitaria. Deciden no denunciar el hecho para que la policía no los descubra. En aquellos años la España profunda (podríamos decir que más de la mitad del país), no tenía tele ni radio en casa, en multitud de pequeñas aldeas ni luz, salía de la pesadilla del hambre de la posguerra y empezaba a asomarse al mundo desde el ventanuco de cristal translúcido que permitía la sangrante dictadura. Desde entonces, las prioridades de los conductores, no han cambiado.
En dos meses, dos ciclistas profesionales han perdido la vida y ello, aunque no sea diferente de los ciclistas anónimos que cada año caen en las carreteras, sí le concede una dimensión especial: dos profesionales, dos experimentados ciclistas que saben que uno no se puede alejar de la raya que delimita el arcén. Y sin embargo han caído. No, los han tirado.
Iñaki Lejarreta, un nuevo ciclista fallecido.
El conductor seguramente estará apenado, destrozado por lo que ha hecho, y además estoy seguro que no lo volverá a hacer. Pero, ¿qué pensó en los instantes anteriores al atropello mortal? Joder, joder, llego tarde, a ver si en esta curva, si viene un coche freno, o tal vez, pensó, voy a pasar cerquita, hombre, qué es eso de invadir mi carril, que se acojone, coño, ya verás como no lo vuelve a hacer… No lo sabremos nunca, ni él será del todo sincero, seguro, en sus declaraciones. Repito; de lo que no dudo es del actual arrepentimiento, del dolor que tendrá dentro.
En estos casos, siempre recuerdo la figura de aquel prometedor ciclista que era Antonio Martín, cuando, circulando por una ancha y solitaria carretera de la Sierra de Madrid, en paralelo, charlando con un compañero, un conductor de furgoneta lo desnucó con su espejo retrovisor. Murió antes de caer al suelo. En las sucesivas reformas de la ley de seguridad vial, han ido poniendo sucesivas prescripciones al ciclista (y algún derecho, como el de circular en paralelo por arcenes que lo permitan: ¿existen en este país? ¿Alguien se preocupa de que sean transitables para una bicicleta de carretera?), hasta el punto de ser de los pocos lugares del mundo en el que el uso del casco es obligatorio en vías interurbanas (no lo es en Francia, en Holanda, en Dinamarca, países señeros en el uso de la bicicleta. ¿Por qué aquí sí?). Seguro que algún ciclista se ha llevado una multa o una reprimenda por ello, o por saltarse un semáforo, o por circular en paralelo o en grupo. Tal vez las aseguradoras se hayan ahorrado un buen dinero en indemnizaciones por ello (no lo llevaba bien colocado, estaba en mal estado, no está homologado, lo compró hace siete años y había caducado). Según estudios de la comisión ciclista presidida por Pedro Delgado durante años, nunca, en ningún caso, bajo ninguna circunstancia, un conductor ha llegado a recibir una multa por no respetar la distancia de seguridad.
Seguro que alguien todavía es capaz de decir eso tan manido, que proviene de los tiempos oscuros de la dictadura, siempre por parte de los vencedores, y que lo mismo sirve para justificar un ojo morado en una mujer, como las torturas en las cárceles, como a los heridos por pelota de goma en las manifestaciones: algo habrá hecho.

La macabra danza de la muerte

A medida que va pasando el tiempo y vamos profundizando en esta crisis que, aseguran quienes no saben gestionarla, tiene la culpa de todos los males que nos acechan, uno va teniendo la sensación de que la última fiesta ya la ha vivido. 
Un recuerdo. Con cariño
Recuerdo especialmente unas palabras de Maruja Torres a la luz de su enésima reivindicación al ganar el Planeta o algo así, un reconocimiento importante vamos, en las que aseguraba que uno de los golpes más fuertes que había vivido a lo largo de su trayectoria vital fue la muerte de su querido amigo Terenci Moix. Aquello fue el aviso de que los buenos tiempos habían concluido, de que el tiempo de la felicidad había tocado a su fin. Bien, pues esto es una llamada a la rebeldía. Desde aquí os lo digo: prefiero ser Terenci que Maruja. Que el final me llegue antes de que nadie me asegure que ya no puedo ser feliz, que yo avise a que me avisen, aunque eso implique desaparecer. Y lo digo en estos tiempos de suicidios y caraduras con desparpajo que aseguran que la culpa es de los otros por embarcarse en hipotecas que no pueden asumir. Que no nos pisen la alegría.
Una sonrisa hasta la despedida. Nunca
olvidaremos esas canciones nasales (no las
inventó Dylan) ni el cómo están ustedes.
Desde este modesto estrado digital os aseguro que todavía nos quedan muchas celebraciones por hacer y que todo llega en esta vida. La semana después del fallecimiento de Miliki, un día realmente triste, también podemos vanagloriarnos de que Fraga murió ya, que hace ya un año que celebramos la muerte de Pinochet, y que debemos confiar en estos momentos de zozobra en que a cada cerdo le llega su San Martín y que, más pronto que tarde, veremos a muchos responsables políticos y económicos sentarse en el banquillo. Tal vez pase mucho tiempo y todavía tengamos que lidiar con la desesperanza, pero siempre llega.
En la edad media eran muy populares las danzas de la muerte, en las que un personaje que la representaba acudía anualmente a hacer su juicio y se llevaba a todos por delante, desde el rey hasta el mendigo. El pueblo necesitaba saber que los desmanes eran castigados finalmente con el mismo destino inexorable para todos. Al menos en eso, seguimos siendo iguales, aunque unos tengan un acceso menos restringido a los cuidados paliativos. Si tenéis interés, todavía hoy se conserva la tradición de una de esas danzas de la muerte en el Empordà, en el pueblo de Verges, lugar de nacimiento de personajes tan dispares (o no) como Lluís Llach y Francesc Cambó.
Y si no, no desfallezcáis; de momento ahí está Islandia. Y al paso que vamos, igual el país se queda vacío. A ver entonces, quién les hace el trabajo sucio.