Un día de furia

Estaba pensando en abrirme una cuenta vivienda en Chipre…

Como parece que este blog, creado para promocionar mi novela todavía por publicar, La última fiesta, está resultando un tanto político, más allá de potenciar aspectos que salen en sus 200 páginas, me veo en la obligación (personal, de conciencia) de escribir un post al respecto. La última fiesta es una novela que la podría haber escrito cualquiera. Por eso mismo, la puede leer cualquiera. Son las vivencias de unos individuos en crisis, que discurren en un entorno de bienestar hasta que llega una amenaza. Entonces, Islandia se presenta como un lugar de redención. La mía no es una novela de la crisis, ni tiene nada que ver con ella; para eso ya tenemos todas las noticias, excepto las de la RTVE, que son para el papa. No, la mía es una novela para la esperanza. Siempre, siempre, hay que pensar que uno puede coger el toro por los cuernos y tirar hacia adelante. Aunque la respuesta a veces, sea irse a una armería con los últimos ahorros. Si a mí me desahucian, os aseguro que no me voy solo. 

Por eso, porque aquí cabe todo, me veo empujado a expresaros esas reflexiones. A veces, siento estupor ante los acontecimientos. Gente quemándose a lo bonzo en plena calle, gente con una vida dedicada al funcionariado, que salta desde una ventana de un cuarto piso… ¿No se da cuenta esa gente que ellos no han hecho nada malo? ¿Es quizás eso mismo lo que les consume; la impotencia de saber que aún después de toda una vida de esfuerzo y de rectitud, puedes acabar hincando la rodilla? 
¡¡¡Ahora sí que sus vais a cagar!!!

Os he de decir, que yo, que tengo un chip antiinmoral, bajo esta apariencia de rebelde travieso (sí, me abrumáis con vuestros comentarios), en mi infancia, cuando mis amigos se iban a hacer cualquier tropelía, yo me volvía para casa. En la adolescencia jamás fui capaz de robarme la merienda en el Carrefour (que entonces se llamaba Pryca, cómo pasa el tiempo) y pese a todo, seguro que si me deshauciasen, si mi vida como tal se fuera al garete, perdiese mis ahorros y mi trabajo, mis hijos se fuesen a la calle o a un centro de acogida concertado, regentado por alguna entidad católica (sí, ya lo sé, me pongo en el peor de los casos), si todas esas circunstancias se diesen, seguro que sería capaz de encontrar a un culpable, o varios, pero sobre todo uno, al que cargar con la culpa en mi día de furia. Y como yo, varios millones de personas, así que id con más cuidado, señores gestores, os lo ruego: que la gente hasta ahora se queme a lo bonzo en vez de quemaros a vosotros no quiere decir que lo vaya a seguir haciendo siempre. 

La macabra danza de la muerte

A medida que va pasando el tiempo y vamos profundizando en esta crisis que, aseguran quienes no saben gestionarla, tiene la culpa de todos los males que nos acechan, uno va teniendo la sensación de que la última fiesta ya la ha vivido. 
Un recuerdo. Con cariño
Recuerdo especialmente unas palabras de Maruja Torres a la luz de su enésima reivindicación al ganar el Planeta o algo así, un reconocimiento importante vamos, en las que aseguraba que uno de los golpes más fuertes que había vivido a lo largo de su trayectoria vital fue la muerte de su querido amigo Terenci Moix. Aquello fue el aviso de que los buenos tiempos habían concluido, de que el tiempo de la felicidad había tocado a su fin. Bien, pues esto es una llamada a la rebeldía. Desde aquí os lo digo: prefiero ser Terenci que Maruja. Que el final me llegue antes de que nadie me asegure que ya no puedo ser feliz, que yo avise a que me avisen, aunque eso implique desaparecer. Y lo digo en estos tiempos de suicidios y caraduras con desparpajo que aseguran que la culpa es de los otros por embarcarse en hipotecas que no pueden asumir. Que no nos pisen la alegría.
Una sonrisa hasta la despedida. Nunca
olvidaremos esas canciones nasales (no las
inventó Dylan) ni el cómo están ustedes.
Desde este modesto estrado digital os aseguro que todavía nos quedan muchas celebraciones por hacer y que todo llega en esta vida. La semana después del fallecimiento de Miliki, un día realmente triste, también podemos vanagloriarnos de que Fraga murió ya, que hace ya un año que celebramos la muerte de Pinochet, y que debemos confiar en estos momentos de zozobra en que a cada cerdo le llega su San Martín y que, más pronto que tarde, veremos a muchos responsables políticos y económicos sentarse en el banquillo. Tal vez pase mucho tiempo y todavía tengamos que lidiar con la desesperanza, pero siempre llega.
En la edad media eran muy populares las danzas de la muerte, en las que un personaje que la representaba acudía anualmente a hacer su juicio y se llevaba a todos por delante, desde el rey hasta el mendigo. El pueblo necesitaba saber que los desmanes eran castigados finalmente con el mismo destino inexorable para todos. Al menos en eso, seguimos siendo iguales, aunque unos tengan un acceso menos restringido a los cuidados paliativos. Si tenéis interés, todavía hoy se conserva la tradición de una de esas danzas de la muerte en el Empordà, en el pueblo de Verges, lugar de nacimiento de personajes tan dispares (o no) como Lluís Llach y Francesc Cambó.
Y si no, no desfallezcáis; de momento ahí está Islandia. Y al paso que vamos, igual el país se queda vacío. A ver entonces, quién les hace el trabajo sucio.

No es un decálogo

Esta será la primera entrada del blog y, tal vez, una declaración de intenciones. Tan solo pretendo hacer de esto una libreta de notas, quizás el apoyo de alguna novela, un intercambio entre lo que escribo y lo que leéis, que no necesariamente tiene que ser lo mismo. Podría ser que de vez en cuando publique alguna foto, alguna reflexión política sobre la actualidad (espero que no siempre sobre Javier Marías) y muy a menudo, si el rubor me lo permite, me atreva a publicar algún comentario sobre ciclismo. Espero no ser demasiado estridente ni estropearos las siestas.

No, no me mires así, que no es un decálogo.