El trabajo de escribir (II): La inspiración

Iba a poner una foto de Stephen King,
pero es muy feo.
El otro día releía las entradas de este blog con pretensión de humilde y pensaba en que casi todas hablaban de mí como alguien relevante. Y cuando digo ‘mí’, quiero decir ‘yo’: Yo esto, yo lo otro, pienso que esto es así o asá… ¿Puede ser uno realmente humilde si como persona cree que debe ser leído? ¿Qué empuja a pretender que eso que escribes le va a interesar a nadie? ¿Es la visión romántica del oficio? ¿El notar el Don, las ganas de que el mundo sepa que lo tienes? Si no te llegan ni a publicar, siempre puedes decir que eres un escritor maldito, un avanzado a tu tiempo; la sociedad, en definitiva, no estaba preparada. En mi novela (de nuevo el ‘mi’), he buscado un estilo, la pretendida sensación de una voz única, personal. Ya comenté en otro post algunas de las grandes mentiras del oficio de escritor, en este desmontaré otra: escribir es vibrar, sentir una especie de iluminación y dejar que tus dedos acaricien la estilográfica mientras las palabras surgen como pequeños animalitos de tinta que se asocian para formar algo genial, agudo, clarividente. Yo, entre otras cosas, escribo con ordenador, como ya sabréis los asiduos de este blog.
He de decir que en la mayoría de ocasiones escribir se convierte en un dolor, en la búsqueda de la palabra precisa y de la frase compacta que compendie lo anterior. Luego el clímax, el anticlímax, las descripciones lentas y cadenciosas pero no tanto como para que el lector se duerma y crea que no vas a ningún lugar, el sexo, ni muy evidente, ni demasiado recatado, los personajes reconocibles e identificables como personas conocidas o como uno mismo, pero sin caer en el tópico…
Me tomo uno y me voy a escribir.
Muchos escritores recurren a todo tipo de ayudas para que la imaginación se convierta en portentosa. Hemingway iniciaba sus días (no muy temprano) con un mojito de la Bodeguita del Medio, al que debía seguir un daiquiri en el Floridita. Stephen King se embadurnaba desde buena mañana de porros, cocaína, whisky, cerveza, valiums y, para abreviar, todo lo que cayera en sus manos. Hasta ahora le ha dado tiempo a escribir más de 40 novelas, libros autobiográficos, otras bajo seudónimo para que no le acusaran de tener negros literarios, imagino, y algún que otro guión. Y alguna desintoxicación por en medio.
De toda una novela, de todo el tiempo de escritura dedicado (bueno, el tiempo menos, porque en realidad hay que invertir mucho en corregir y corregir), como mucho, sacaré de todo esto el escaso diez por ciento que fluía de mi mente al teclado, cuando los personajes hablaban por sí solos y mis dedos acariciaban las teclas sin parar. El tiempo corría y escribir era un arte, no un oficio. Bolaño el grande decía que quien no ha disfrutado de esta sensación, no sabe lo que es ser escritor.

El trabajo de escribir (I)

Fumar es bueno si escribes bien.

Muchos escritores hablan de su labor como algo etéreo, un trabajo inclasificable en busca de la palabra precisa frente a una ventana desde la que se divisa un lago entre la niebla, mientras unos cigarrillos de los que no dan cáncer van exhalando un humo perpetuo que ayuda a pensar y, por ende, a plasmar en unos pequeños caracteres todo un orbe sobre el papel. Un orbe, que es un mundo y el alma del mismo, no uno de esos universos desangelados en los que todo es frío y previsible, no. Lo que se dice un orbe, vamos.

Bien, pues desde aquí quiero manifestar mi total apego a ese modelo si eso me permite entrar algún día, aunque sea tarde (eso sí, me gustaría saberlo ahora para perseverar), a ese universo reducido de artistas y estetas (reitero mi total disposición a entrar en un mundo plagado de estetas) en el que simplemente mirando por la ventana con cara torturada desde un rincón olvidado del norte de algún país (desde el sur no se escribe tan bien), pueda cómodamente pensar en complacer a los millones de lectores que esperan mis textos. Un saludo desde aquí, el pasado, a todos ellos.

Bueno, miro un rato más y luego me voy
a acabar de escribir Fausto.

La labor del escritor, al menos la mía, se nutre de sudor y pijamas y flexos blanquecinos que te dejan un reflejo insalubre en una esquina del ojo. Escribo con ordenador y tengo una silla barata del Ikea que se baja cuando estoy muchas horas sentado. Tiendo entonces a forzar la muñeca cuando uso el ratón y miro páginas de otros blogs que me interesan, picoteo mirando webs de deportes y noticias que me indignan y pierdo el tiempo mientras afirmo que escribo. De vez en cuando acabo algún capítulo (debe ocurrir con una frecuencia semanal, para que todo discurra con normalidad) y entonces sigo escribiendo comentarios en las redes sociales o disfrutando con las ocurrencias de las personas a las que sigo en Twitter. Al fondo, tengo un balcón al que casi no me puedo asomar porque está atestado, e incluso lleno, de trastos. Y desde él no tengo acceso a ningún lago envuelto en la niebla, aunque sí que es verdad que siempre que he salido el vecino de enfrente (a unos 8 metros de distancia) estaba fumando. 
Esta es la labor del escritor, pero también una Barcelona que no es ni teva, ni meva, sino de los miles (no me he atrevido a poner millones, pero seguro) de turistas que vienen a visitarla y que transitan por sus calles limpias y despejadas, menos cuando es más bonito que sean estrechas y torturadas, oscuras y encantadoras. Mi Barcelona no es una ciudad, es un barrio, pero eso ya será motivo de un nuevo post más adelante. Yo sigo escribiendo con mi pijama. Espero no tener que salir al balcón porque me darán ganas de fumar.