El jardín colgante

Foto de la portada. Un terruño árido a la deriva con gente
encima tomando el sol. ¿Qué país es?
Esta semana he empezado (y acabado) El jardín colgante, premio Biblioteca Breve del año pasado y escrito por Javier Calvo, un escritor bregado en el mundo editorial a base de traducciones, correcciones y trabajo arduo y a menudo oscuro. Y mientras iba leyendo, pensaba en la valentía de premiar a un autor joven, con una cartera de novelas a sus espaldas decente, pero no extensa, y una obra complicada, por su trama y por su temática. Hace poco publicaron el premio Biblioteca Breve de este año y todo lo dicho anteriormente se hace añicos, se vuelve espuma, se lo lleva el viento.
Y pensaba, a la luz de ese libro luminoso, en la poca importancia que posee un escritor (un escritor que sólo escriba, claro), hoy en día. Porque en la novela de Calvo existe la convicción de que la transición fue una parodia inventada por los que gobernaban para que pareciese que las cosas no se logran sin esfuerzo. Y que, para un poder que empezaba a diluirse entre corporaciones públicas, nuevos ministerios, oficinas desoladas en viejos palacios y advenedizos de traje y chaqueta, los militares debían garantizar su presencia en el futuro. 
Y bajo este enfoque, una obra premiada, de una editorial tradicionalmente influyente, que en este caso no se deja llevar por una tradición, un nombre, sino que premia a un autor por la simple valía de su obra, resulta que el libro no provoca un cataclismo como el del meteorito de Sallent y la gente empieza a hablar del truño que fue la transición española. Claro, me diréis, hace tiempo que ese runrún corre entre los enteradillos de la política, en los momentos álgidos de ciertas tertulias… Sí, tal vez, pero no ha sido por el libro de Javier Calvo. Tal vez por la pinza PP-PSOE para que el rey abdique, o por la posibilidad de decir cosas hasta ahora completamente prohibidas que se abre tras el cese de la violencia etarra, pero no por el libro de Javier Calvo. Por cierto, una experiencia extraordinaria.
Y todo esto lo digo porque en el proceso de banalización de la sociedad, seguimos con nuevas cantinelas que vienen a ocupar los puestos de las de antaño. El periodismo está en crisis, el libro está en crisis. Cuando es más difícil encontrar un e-book legal que uno pirata, tal vez sea importante conocer en manos de quién está la cultura, de quién lo ha estado siempre. Se me ocurre, por perder el tiempo, claro, es a lo que me dedico, que quizás la preocupación no esté en esos autores que se van a quedar sin publicar, o esas editoriales y medios impresos en general que hacen Eres (si es que todavía se llaman así; en neolengua rajoyniana igual es Regulación Temporal Necesaria del Putadón de Trabajar) y empiezan a vivir una situación difícil. Quizás el problema (para ellos) sea darse cuenta de que ya no controlan, no crean opinión, los mecanismos de la manipulación se vuelven antojadizos y a veces no responden a la lógica. Por eso la educación ha ido sufriendo nueva ley por legislatura y por eso el periodismo y la edición de libros está en crisis. Porque el tiempo vuela y los dinosaurios perecen, incluso en los sueños actualizados de Monterroso.
Leed El jardín colgante, amiguitos, trasunto de esa España que cambia, que siempre se aguanta con pinzas sobre una cuerda deshilachada de la (Eu)ropa en un día tormentoso. Cambiad atentados terroristas por desahucios, GSG-9 por Banco Central Europeo y daros cuenta que estamos en manos de los mismos sinvergüenzas de siempre, que prefieren recortar en educación a volar en turista, abolir la ley de dependencia a convertir a España en un estado laico de verdad, obligando a unas prebendas que vienen de cuando los reyes católicos (como si los otros no lo fueran). Invertid en educación, pero invertid tiempo, sobre todo.

La macabra danza de la muerte

A medida que va pasando el tiempo y vamos profundizando en esta crisis que, aseguran quienes no saben gestionarla, tiene la culpa de todos los males que nos acechan, uno va teniendo la sensación de que la última fiesta ya la ha vivido. 
Un recuerdo. Con cariño
Recuerdo especialmente unas palabras de Maruja Torres a la luz de su enésima reivindicación al ganar el Planeta o algo así, un reconocimiento importante vamos, en las que aseguraba que uno de los golpes más fuertes que había vivido a lo largo de su trayectoria vital fue la muerte de su querido amigo Terenci Moix. Aquello fue el aviso de que los buenos tiempos habían concluido, de que el tiempo de la felicidad había tocado a su fin. Bien, pues esto es una llamada a la rebeldía. Desde aquí os lo digo: prefiero ser Terenci que Maruja. Que el final me llegue antes de que nadie me asegure que ya no puedo ser feliz, que yo avise a que me avisen, aunque eso implique desaparecer. Y lo digo en estos tiempos de suicidios y caraduras con desparpajo que aseguran que la culpa es de los otros por embarcarse en hipotecas que no pueden asumir. Que no nos pisen la alegría.
Una sonrisa hasta la despedida. Nunca
olvidaremos esas canciones nasales (no las
inventó Dylan) ni el cómo están ustedes.
Desde este modesto estrado digital os aseguro que todavía nos quedan muchas celebraciones por hacer y que todo llega en esta vida. La semana después del fallecimiento de Miliki, un día realmente triste, también podemos vanagloriarnos de que Fraga murió ya, que hace ya un año que celebramos la muerte de Pinochet, y que debemos confiar en estos momentos de zozobra en que a cada cerdo le llega su San Martín y que, más pronto que tarde, veremos a muchos responsables políticos y económicos sentarse en el banquillo. Tal vez pase mucho tiempo y todavía tengamos que lidiar con la desesperanza, pero siempre llega.
En la edad media eran muy populares las danzas de la muerte, en las que un personaje que la representaba acudía anualmente a hacer su juicio y se llevaba a todos por delante, desde el rey hasta el mendigo. El pueblo necesitaba saber que los desmanes eran castigados finalmente con el mismo destino inexorable para todos. Al menos en eso, seguimos siendo iguales, aunque unos tengan un acceso menos restringido a los cuidados paliativos. Si tenéis interés, todavía hoy se conserva la tradición de una de esas danzas de la muerte en el Empordà, en el pueblo de Verges, lugar de nacimiento de personajes tan dispares (o no) como Lluís Llach y Francesc Cambó.
Y si no, no desfallezcáis; de momento ahí está Islandia. Y al paso que vamos, igual el país se queda vacío. A ver entonces, quién les hace el trabajo sucio.

La crisis de los 30

En 2001, justo un mes y medio después de cumplir los treinta años, Wynona Ryder robó vestidos y complementos por valor de 5.500 dólares. En 2005 Kate Moss, nacida en el 74, era retratada esnifando cocaína. En 1993 (sí, con 30 años), Jhonny Depp rompe con la cleptómana en ciernes Wynona, destroza una habitación de hotel y se casa con una maquilladora para divorciarse dos años después (más tarde se liaría con la modelo que acaba de afirmar, en declaraciones exclusivas, que nunca ha sido cocainómana, Kate). En 1999, pocos meses antes de cumplir 30 años, Marco Pantani se pasa con la EPO (no tenía suficiente con ganar cuatro etapas en el Giro e ir líder destacado) y lo expulsan de la carrera el penúltimo día. Apenas cuatro años después encuentra la muerte en un hotel de costa, cerca de su localidad natal.
Hola. Soy Jhonny Depp y este
año caen 50 castañas.
Sirvan estos breves ejemplos para ilustrar una crísis que a lo largo de la vida se puede convertir en una tontuna, o en la definitiva. Cuando tienes 70 tacos imagino que la crisis de los 30 fue una auténtica gilipollez, pero como las cosas solo son en el presente, cuando la vives es el peor enemigo al que te enfrentas. Yo, que para tantas cosas he sido bastante tardío (no entraré en más detalles a este respecto, aunque tal vez, con paciencia y los años, podáis encontrarlos más adelante en este modesto blog), la viví prematuramente a los 28. Fue un año complicado. Volví de Granada, una ciudad barata en la que se puede trampear con pocos ingresos (lo difícil es conseguir muchos allí) y en la que con un litro en el mirador de Carvajales se puede llegar a atisbar la felicidad; una ciudad en la que compartes vida con un montón de jóvenes interesantes que han ido allí a estudiar, a formarse, y en la que el futuro se dilata hasta un hipotético mañana que nunca llega. Me volví a Barcelona, mi ciudad, en ese mañana ya cumplido, cuando la voluntad de acabar mi segunda carrera pasó a un segundo plano para acceder a esa treintena con un coche, una hipoteca y unos largos viajes que poderme pagar con mi sueldo holgado. El coche me lo compré cuatro años más tarde, la hipoteca todavía no la tengo (ni sé si la conceden a escritores que no hayan ganado el Cervantes, el Planeta y/o el Nacional de Literatura) y los viajes los sigo haciendo por territorio nacional ocho años después de aquello, aunque sigo descubriendo lugares fascinantes (el Mont-Rebei, la Sierra del río Mundo, Calatañazor, las minas de sal a cielo abierto de Añana…). En realidad, estoy empezando a preocuparme ya de la siguiente, la de los cuarenta, con el vello de cada uno de los poros de mi cuerpo erizado mientras observo escrita esa palabra maldita: CUARENTA.
La Última Fiesta fue concebida como una especie de excusa para hablar de esa crisis que luego deja de ser crisis para convertirse en una tontería que se me pasó por la cabeza hace un tiempo, que en realidad consta de un declive físico que se inicia a partir de esos años (alrededor de los 27 o 28) y que se circunscribe a unos síntomas muy claros: las heridas ya no cicatrizan igual, los domingos empiezas a necesitar Almax Forte y los quilos se empiezan a pegar a los riñones y se abrazan a ellos de una manera que antes no lo hacían.