Estudio de mercado sobre mi propio blog

Toda vez que ya llevo un tiempecillo con la redacción de este humilde blog, me ha dado por ir mirando eso de las estadísticas, las visitas y las suscripciones, con lo que se puede extraer una serie de datos bastante interesantes, si bien no me sirven prácticamente para nada, puesto que escribo lo que quiero y cuando quiero, sobre los temas que me interesan y no sobre lo que puede ser que a vosotros os guste más. Como en este caso, efectivamente. 
-No sé si veo a dónde quieres llegar…
Puedo comprobar que la palabra cocaína atrae a buen número de visitantes, cosa que hace pensar si el blog no debería ir por otros derroteros. Pero en cualquier caso, ese nombre aparece ligado a personalidades relevantes (sic) del mundo de la cultura (sic) y tal vez no sea la cocaína lo que atraiga a los lectores sino el nombre famoso. Este post, que como seguramente hayáis comprobado ya, carece totalmente de interés, será una buena prueba de ello. De hecho, en las «etiquetas» únicamente pondré cocaína. 
Otro ejemplo en sentido contrario es un post, tal vez del que me sienta más satisfecho (o tal vez no), por lo que en él explico y por la manera de hacerlo. Escogí el dudoso título de La macabra danza de la muerte y es, con diferencia, el que menos visitas aguanta en todo su recorrido. Eso me induce a pensar que la muerte, ese monstruo arrinconado gracias a un sistema sanitario que está dando los últimos coletazos, es el tabú por excelencia de nuestra sociedad. Nadie quiere hablar de ella, ni siquiera que se la mencione. Igual, al ver el título del post, la gente hace los cuernos al modo de Texas y se toca la frente, en la mejor de las tradiciones supersticiosas que acarreamos en España. No deja de ser un gesto, una simple postura (mejor, una impostura), como lo es la moral católica en los partidos católicos, que suelen ser los más corruptos. Para que quede claro y aunque podemos meter a otros en el mismo saco, estoy hablando de PP y CIU, no vayáis a pensar que como cualquier vulgar periodista prestigioso, me muerdo la lengua.
En fin, y más allá de este tipo de entretenimientos que como seguís comprobando los que hayáis avanzado hasta aquí, continúan sin conducir a nada, os diré que seguiré escribiendo en este blog lo que se me pase por la cabeza e, incluso, en ciertas ocasiones en que mi ánimo me empuje a ello, puede que trace un plan de escritura para que mis palabras dejen de ser vanas y conduzcan a algún tipo de dimensión espiritual en la que el conocimiento se encabalgue con la propia psique y con los sentimientos, logrando una suerte de evocación melancólica en el lector que consiga la emoción, el asomo brillante de una lágrima que se resiste a romper la tensión superficial del líquido para resbalar por la mejilla, cálida, vibrante, lenta…

Pero eso será, como ya digo, en otra entrada, no en ésta, desde luego, que, como véis, no ha conducido a nada.

El trabajo de escribir (II): La inspiración

Iba a poner una foto de Stephen King,
pero es muy feo.
El otro día releía las entradas de este blog con pretensión de humilde y pensaba en que casi todas hablaban de mí como alguien relevante. Y cuando digo ‘mí’, quiero decir ‘yo’: Yo esto, yo lo otro, pienso que esto es así o asá… ¿Puede ser uno realmente humilde si como persona cree que debe ser leído? ¿Qué empuja a pretender que eso que escribes le va a interesar a nadie? ¿Es la visión romántica del oficio? ¿El notar el Don, las ganas de que el mundo sepa que lo tienes? Si no te llegan ni a publicar, siempre puedes decir que eres un escritor maldito, un avanzado a tu tiempo; la sociedad, en definitiva, no estaba preparada. En mi novela (de nuevo el ‘mi’), he buscado un estilo, la pretendida sensación de una voz única, personal. Ya comenté en otro post algunas de las grandes mentiras del oficio de escritor, en este desmontaré otra: escribir es vibrar, sentir una especie de iluminación y dejar que tus dedos acaricien la estilográfica mientras las palabras surgen como pequeños animalitos de tinta que se asocian para formar algo genial, agudo, clarividente. Yo, entre otras cosas, escribo con ordenador, como ya sabréis los asiduos de este blog.
He de decir que en la mayoría de ocasiones escribir se convierte en un dolor, en la búsqueda de la palabra precisa y de la frase compacta que compendie lo anterior. Luego el clímax, el anticlímax, las descripciones lentas y cadenciosas pero no tanto como para que el lector se duerma y crea que no vas a ningún lugar, el sexo, ni muy evidente, ni demasiado recatado, los personajes reconocibles e identificables como personas conocidas o como uno mismo, pero sin caer en el tópico…
Me tomo uno y me voy a escribir.
Muchos escritores recurren a todo tipo de ayudas para que la imaginación se convierta en portentosa. Hemingway iniciaba sus días (no muy temprano) con un mojito de la Bodeguita del Medio, al que debía seguir un daiquiri en el Floridita. Stephen King se embadurnaba desde buena mañana de porros, cocaína, whisky, cerveza, valiums y, para abreviar, todo lo que cayera en sus manos. Hasta ahora le ha dado tiempo a escribir más de 40 novelas, libros autobiográficos, otras bajo seudónimo para que no le acusaran de tener negros literarios, imagino, y algún que otro guión. Y alguna desintoxicación por en medio.
De toda una novela, de todo el tiempo de escritura dedicado (bueno, el tiempo menos, porque en realidad hay que invertir mucho en corregir y corregir), como mucho, sacaré de todo esto el escaso diez por ciento que fluía de mi mente al teclado, cuando los personajes hablaban por sí solos y mis dedos acariciaban las teclas sin parar. El tiempo corría y escribir era un arte, no un oficio. Bolaño el grande decía que quien no ha disfrutado de esta sensación, no sabe lo que es ser escritor.

La crisis de los 30

En 2001, justo un mes y medio después de cumplir los treinta años, Wynona Ryder robó vestidos y complementos por valor de 5.500 dólares. En 2005 Kate Moss, nacida en el 74, era retratada esnifando cocaína. En 1993 (sí, con 30 años), Jhonny Depp rompe con la cleptómana en ciernes Wynona, destroza una habitación de hotel y se casa con una maquilladora para divorciarse dos años después (más tarde se liaría con la modelo que acaba de afirmar, en declaraciones exclusivas, que nunca ha sido cocainómana, Kate). En 1999, pocos meses antes de cumplir 30 años, Marco Pantani se pasa con la EPO (no tenía suficiente con ganar cuatro etapas en el Giro e ir líder destacado) y lo expulsan de la carrera el penúltimo día. Apenas cuatro años después encuentra la muerte en un hotel de costa, cerca de su localidad natal.
Hola. Soy Jhonny Depp y este
año caen 50 castañas.
Sirvan estos breves ejemplos para ilustrar una crísis que a lo largo de la vida se puede convertir en una tontuna, o en la definitiva. Cuando tienes 70 tacos imagino que la crisis de los 30 fue una auténtica gilipollez, pero como las cosas solo son en el presente, cuando la vives es el peor enemigo al que te enfrentas. Yo, que para tantas cosas he sido bastante tardío (no entraré en más detalles a este respecto, aunque tal vez, con paciencia y los años, podáis encontrarlos más adelante en este modesto blog), la viví prematuramente a los 28. Fue un año complicado. Volví de Granada, una ciudad barata en la que se puede trampear con pocos ingresos (lo difícil es conseguir muchos allí) y en la que con un litro en el mirador de Carvajales se puede llegar a atisbar la felicidad; una ciudad en la que compartes vida con un montón de jóvenes interesantes que han ido allí a estudiar, a formarse, y en la que el futuro se dilata hasta un hipotético mañana que nunca llega. Me volví a Barcelona, mi ciudad, en ese mañana ya cumplido, cuando la voluntad de acabar mi segunda carrera pasó a un segundo plano para acceder a esa treintena con un coche, una hipoteca y unos largos viajes que poderme pagar con mi sueldo holgado. El coche me lo compré cuatro años más tarde, la hipoteca todavía no la tengo (ni sé si la conceden a escritores que no hayan ganado el Cervantes, el Planeta y/o el Nacional de Literatura) y los viajes los sigo haciendo por territorio nacional ocho años después de aquello, aunque sigo descubriendo lugares fascinantes (el Mont-Rebei, la Sierra del río Mundo, Calatañazor, las minas de sal a cielo abierto de Añana…). En realidad, estoy empezando a preocuparme ya de la siguiente, la de los cuarenta, con el vello de cada uno de los poros de mi cuerpo erizado mientras observo escrita esa palabra maldita: CUARENTA.
La Última Fiesta fue concebida como una especie de excusa para hablar de esa crisis que luego deja de ser crisis para convertirse en una tontería que se me pasó por la cabeza hace un tiempo, que en realidad consta de un declive físico que se inicia a partir de esos años (alrededor de los 27 o 28) y que se circunscribe a unos síntomas muy claros: las heridas ya no cicatrizan igual, los domingos empiezas a necesitar Almax Forte y los quilos se empiezan a pegar a los riñones y se abrazan a ellos de una manera que antes no lo hacían.