Periodistas publicistas

Periodista free-lance empujando a  Pedro
Jota, vestido con su traje de luces.

El periodismo está en crisis. Parece que la gente no quiere pagar un euro al día por estar informado… ¿Informado? Dejad que me ría.

En los últimos tiempos, el periodismo de verdad está arrinconado en internet, restringido al gueto inexcusable de lo gratuito, perdido en la marea de información que cada día abruma, a simple vista y también escondida en el infinito pajar de la información del mundo. Por eso está en crisis, porque cada vez está más a la vista. Y ello también evidencia que la información es un tráfico, con ella se mercadea, se dosifica, se negocia, y no sale a la luz si detrás no hay intereses ocultos.
El periodismo, que bebe de las fuentes de la política, está haciendo suyas las teorías de John L. Austin alrededor de los actos de habla (ilocutivos, los llamaba él) en el que ciertas palabras tenían la capacidad, no ya de describir o complementar a la realidad, sino que formaban parte de ella: hablar significaba hacer. Pues eso deben pensar cuando una mentira se repite mil veces, una verdad se deforma otras tantas hasta convertirse en una parodia del origen, un hecho se recorta y se edita hasta que conforma una etiqueta en la que la sociedad se encuentra a gusto. Una sociedad falsa, al fin y al cabo, que no sabe reconocerse ni definirse, que vive del embuste y la opacidad. En eso se ha convertido el periodismo, el de los grandes medios de comunicación. Incluso los grandes temas, los que nos deberían sacar a todos a la calle (y lo hacen en cierta medida, es imposible poner a un país de acuerdo), se tratan en televisión como mero espectáculo de manos de un demiurgo más humorista que periodista, como Jordi Évole, deformación televisiva de Larra. Por cierto, vaya enjabonada buena que se pegó a sí mismo el otro día con la complicidad de David Trueba. Por fin consiguió hacer «El peor programa de la semana». Un saludo desde aquí a los dos.
En este tiempo convulso, en el que la crisis sigue cebándose y ya ni la huida a Islandia puede proporcionar una cierta satisfacción, asistimos a la visión en directo de grandes verdades. Todos los deportistas profesionales se dopan y todos los políticos son corruptos. ¿Quién no lo ha repetido eso delante de una cerveza? Bien, pues ahora podemos comprobar que es cierto. Lo vemos a cada nueva evidencia filtrada por la prensa, pero para ir más allá y extrapolar estos datos, hay que seguir profundizando. Los periodistas nos siguen intentando escamotear toda la verdad. ¿Cómo es posible que después del revuelo ocasionado por las siglas RSoc todo el mundo se centre en la Real Sociedad, en Prieto, en Karpin tal vez? Y nadie, repito, nadie en toda la prensa del país haya cogido la nómina de jugadores de aquel tiempo y le haya preguntado a Xabi Alonso si se dopaba, si se continúa dopando en el Real Madrid, si en ese equipo se siguen comportando como en aquel otro o si en la selección siguen con las mismas prácticas, si las amenazantes palabras de Eufemiano, cuando dijo que si hablase, España no tendría mundial ni eurocopa, le dicen algo, si teme caer enfermo algún día por los abusos del dopaje, como Jáuregi y Kovásevic (que no está probado que enfermaran a causa del dóping, seguro)… 
Pero no, los periodistas siguen ocultando, los de los medios impresos que cada vez venden menos por culpa de la crisis… Tal vez no se hayan dado cuenta de que la gente no es tonta y que para leer un periódico que dice lo mismo exactamente que el de al lado, pues se lo ahorran. En estos tiempos inciertos, hay que pensarse muy mucho un gasto de más de 365 euros al año. 
Pero no sólo el deporte muestra su cara más amarga. Tal vez la muestra por coincidir en el tiempo con otro caso de los gordos, de los que confirman esas verdades de bar:
¡Hola, muchachos!

El caso Bárcenas va mostrando a pequeñas pinceladas, aquello que todo el mundo comprende como cierto: que esa gente que tras ser ministro se va a ganar millones de euros, no se van a estar contentando mientras tanto con ganar unos pocos miles, apenas el doble  o el triple que tú o que yo, no. Son millonarios que no saben cuánto vale un café, así que cómo van a contentarse con un sueldo que se mide en miles de euros? Vaya, pues al cabo de años de saberlo, resulta que se confirma, no porque un periodista haya investigado, sino porque claramente hay alguien que filtra, interesadamente (de momento parece que la que mejor parada sale del asunto es la basilisca Esperanza). El otro día pensaba, sin ir más lejos, que si todo esto culmina con el asalto a la Moncloa, no me quedará más remedio que hacerme la mochila y cruzar los Pirineos. Ah, se me olvidaba: la tibieza de Rubalcaba también confirma la teoría; no voy a hablar demasiado no me vayan a hacer un zas en toda la boca.

Volviendo al deporte, el caso Armstrong también confirma lo anterior. Tengo un cáncer, me tiro un año sin competir, quimio, operaciones y todo tipo de tratamientos agresivos y cuando vuelvo y empiezo a ganar tours con la máxima diferencia jamás vista, parece que sea tomando redoxon complex. Eso sí, de los segundones no me fío. Ese alemán que viene del este, donde todos sabemos que tenían unos métodos de entrenamiento… Pero él no; él ganaba porque entrenaba mejor, porque sufría más. Y luego, oh, sorpresa, nos ha engañado. Hasta hay quien le da la vuelta a la tortilla y lo tacha de víctima. ¡Vaya periodistas!
En este caso, porque finalmente la evidencia se ha demostrado, pero hay más ejemplos: futbolistas que se lesionan cada vez que reaparecen y, oh milagro, de repente, al cumplir los 18, ya no se vuelven a lesionar más. Lesiones que se recuperan por protocolo en 9 meses se aceleran hasta los tres, gracias a… ¡homeopatía y fisioterapia! Alguien se debe estar descojonando mientras escribe. Y todo esto lo digo porque los testimonios (Manzano, los demás recibían aspirinas y fortasec) hablan de su Porsche aparcado en la puerta, de transporte de neveras en aviones (palmeándola, Eufe le comenta a su vecino de asiento: «aquí dentro está el ganador de la vuelta«), y transfusiones con bolsas descongeladas al baño maría y colgadas de la alcayata del cuadro de un hotel, dulce hotel.
Y bueno, también están los que se dedican a la prensa rosa y tienen un apartamento con vistas a la Zarzuela, pero jamás han visto a las follamigas del rey… 

Bradley Wiggins y el dedo anular

Como escritor, muchas veces pienso en la imagen que los otros proyectan sobre alguien. La visión que un personaje o una personalidad (muchas veces es más fácil escribir sobre un tópico y luego ir complicándolo) transmiten al resto, pero también lo que piensan de la visión que el resto del mundo tiene de ellos, que inevitablemente transforma y modifica. En qué medida lo hace es el trabajo arduo de escribir, el no cargar demasiado las tintas en uno u otro sentido para que el personaje no se salga de su papel, no sobreactúe al fin y al cabo. 
¡Tengo la boca reseca, diossss! Quiero decir, ¡Yoooooo!
En la vida real, ese mecanismo de feedback también actúa y hay ejemplos sangrantes en muchos elementos de la vida pública. El caso de los deportistas que se convierten en muñecos rotos y acaban sucumbiendo a las bajas pasiones son un claro ejemplo. El caso más evidente y tal vez, el más paradigmático, es el de Diego Armando Maradona, que hoy se dedica a pasear caché por países petrolíferos. Por suerte, su caso no ha acabado en tragedia (de momento).
A pesar de que parece que todo esto lo ha descubierto Guardiola en los últimos tiempos, desde antiguo quien se dedica a ello sabe que el deporte de élite exige sacrificios durísimos, trabajo oscuro en los meses en los que las competiciones quedan lejos, vida monacal durante todo el año, cargas de entrenamiento brutales, lesiones y sobrecargas que producen un dolor constante durante esos mismos entrenamientos y suplementos alimenticios, batidos, pastillas y medicamentos legales. Además, hay medicamentos ilegales que se utilizan en determinadas circunstancias, o que lo son en un deporte y no en otro (en fútbol se pueden infiltrar corticoides, en ciclismo está prohibido su uso). Los deportes de fondo, debido a que su desarrollo implica básicamente a las capacidades físicas cuantitativas (ciclismo, atletismo de larga distancia, natación, patinaje, esquí nórdico -un saludo a Juanito Mühlegg), son los más susceptibles de utilizar sustancias dopantes.
Según las últimas informaciones extraídas de las confesiones del caso Armstrong (el tío se ve que iba como una moto en todo el amplio sentido de la expresión), para ser ciclista profesional debes pincharte cerca de 200 veces al año. Todo depende de los objetivos, claro; a mayor objetivo, mayor número de pinchazos. Bradley Wiggins ha sido el primer británico en ganar el Tour, el primero al que se veía capacitado para ello, 30 años después de aquel otro británico que también aspiró a ello y enterró sus posibilidades (y su vida), ascendiendo el Ventoux. Las enterró bien cargadito de anfetaminas.
¿A quién se dirige? ¿A los lectores del Telegraph? A los cámaras?
¿A un tío que se le ha cruzado con el coche? ¿Al que le atropelló
con la furgo? ¿A un borracho que le llamó drogota?Al Dr Ferrari?
¿A su asesor de imagen…? Si queréis encuesta, pedidla.
Bien, pues Bradley Wiggins, Wiggo para sus miles de fans, lo consiguió este año después de varios plagados de desgracias, con caídas y abandonos. Empezó siendo un pistard, ganando medallas olímpicas pero no dinero, lo que le empujó a beber unas cuantas pintas de cerveza al día, confesado por él mismo. Bradley, un chico tímido, de físico aparentemente endeble agravado por la extrema delgadez a la que dice  debe agradecer su progresión en el ciclismo profesional, proviene de un entorno humilde, con un padre alcohólico que abandonó a su madre y el deporte como única tabla de salvación a un abismo de drogas y robo con escalo. ¿Adónde apunta ese dedo anular entonces?
Desde que ganó la contrarreloj de los juegos olímpicos y se convirtió en el ciclista inglés más laureado con su séptima medalla, Bradley no ha dejado de profundizar en su estilo «mod», acudir a fiestas de presentación de la marca de ropa que le patrocina (Fred Perry) y lucir patillas en diferentes celebraciones donde todo el mundo le dice lo bueno que es. Tal vez ese dedo sea una seña de identidad más, como el cuello subido, el pelo rebelde y la mirada triste. 
No digo yo que Bradley se pique 200 veces al año, ni que utilice EPO, testosterona, cortisona, autotransfusiones (no, eso es el pasado como se encargan de asegurar todas las instituciones al hablar de 2010, último año de Armstrong en el pelotón internacional; el pasado al hablar de dos años atrás, como si esas prácticas fueran propias de los tiempos de Carlomagno), no lo digo, aunque parezca que lo sugiera (los que justifican a Armstrong se amparan en que todos lo hacían; por qué este no). No lo digo, vuelvo a repetir, pero es que en el ciclismo, ese deporte que se nutre de la épica, de las montañas, ya tenemos varios casos de muñecos rotos que han acabado en tragedia. José María Jiménez, Marco Pantani y Frank Vandenbroucke, todos ellos politoxicómanos, todos ellos en la nómina de un equipo profesional hasta el mismo día de su muerte. Ninguno de ellos dio positivo cuando en las sucesivas autopsias (no en la de Vandenbroucke, que se hizo en África) se encontraron restos de cocaína. La gente se sorprende de que no pillasen a Lance en los sucesivos controles, cuando todo lo que tomaba o tenía certificado médico, o era voluntariamente escondido, con dosis controladas y tiempos precisos, científicos. A estos tres no les pillaron la cocaína que no creo que se dosificaran precisamente si les condujo a la muerte.
Esperemos que el británico que este año ha despertado con fuerza, no sea el próximo muñeco roto del ciclismo.