El alcoholímetro

Cuando uno es joven, se contenta con seguir formándose, con ir avanzando poco a poco en diferentes disciplinas, mejorar, estudiar, conocer a personas interesantes. Luego, te acabas titulando y piensas que una oportunidad no estaría mal para poder seguir formándote mientras ganas un dinero, claro. Siempre hay alguien mejor, alguien cuyo curriculum parece más abultado, con más idiomas (véanse los presidentes del gobierno sucesivos), mejor universidad… Te conformas porque eres humilde.
Los peinados cambian; las actitudes no.
A medida que creces y vas compartiendo información y adquiriendo ese olfato crítico que te concede un aire de cinismo con el que te sientes a gusto, descubres noticias como la siguiente y piensas que los momentos que mejor aprovechaste fueron aquellos en los que mandabas a la mierda los estudios y decidías salir, y acababas emborrachándote y conociendo a gente interesante que te hacía reír.
Pensadlo: para que salga un exabrupto como éste, el nivel de juerga debe ser alto. EUA no quiere borrachos en la ONU.
No pongo más comentarios. La noticia da para muchas reflexiones, teniendo en cuenta que vivimos en un país donde se le da a probar alcohol a los niños en las celebraciones, se considera como marca nacional una imagen promocional de una marca de brandy y tenemos ex-presidentes del gobierno que apelan a la libertad para exigir su derecho a conducir ebrios. Ciertamente, habría que poner un alcoholímetro a la entrada de las sesiones del Congreso.

El alcohol me hace ser yo mismo

¡Mira, un elefante rosa!
Cuando veo a los jovenzuelos alegremente sentados en un banco de una plaza, o en el césped durante las fiestas patronales de cualquier ciudad (el resto del año está prohibido, pero con una coherencia del todo legal), me planteo seriamente si el consumo de alcohol es fundamentalmente malo. Cerca de mi casa también existe un comedor social, y entonces me doy cuenta de que sí. Luego veo los anuncios de cerveza que hablan de la camaradería y de las esposas que acceden al consumo de sus maridos con total asentimiento desde su retiro maternal (tienen el pecho hinchado, así que seguramente siguen amamantando a sus criaturas con la misma mirada tierna con que contemplan las travesuras de sus maridos y sus amiguetes gracias a ese néctar de los dioses) y a continuación veo a un vecino que cada día, a primera hora de la mañana, siempre va al trabajo bebiéndose una lata de cerveza (a eso de las 8:30; un desayuno fuerte) y me imagino que su mujer no debe de estar demasiado contenta. 
Ahora estamos leyendo, pero ya
verás luego…
De estas dos visiones que son fácilmente observables en torno al fenómeno del alcohol, que nos lleva acompañando desde tiempos remotos, es fácilmente identificable cada una a un momento temporal, de esos difusos que se pierden entre la generalidad de una vida, pero en realidad muy certeros. La primera de las visiones, la positiva, la alegre, siempre corresponde al presente. La otra, la negativa, al futuro de los demás. 
El alcohol es un elemento cultural inherente a nuestra manera de ser. El abstemio, en España, es un apestado de la misma catadura moral que el alcohólico terminal. Y esa banalización que se establece desde el principio, ese principio que tiene mucho de proceso iniciático, de ver hasta dónde se aguanta, determina la manera de entender la vivencia del alcohol a lo largo de la vida. Si detectan, queridos lectores, algo de humor en mis palabras, es que me he equivocado. Ah, y no, no soy abstemio.
En mi novela he intentado tratar el alcohol como ese compañero de viaje que un día ya no apacigua, ni alegra, ni sedimenta emociones, sino que las exalta y las tergiversa, y se convierte en una amenaza a evitar en la que siempre se acaba cayendo. Por suerte, siempre no. Tampoco es un tema fundamental, pero sirve para catalogar de una manera más clara al personaje protagonista de la primera de las tres partes en las que está distribuida la novela.